La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Tras muchas divagaciones, torna a su tema para hablar de nuevo de los dioses que hicieron los hombres, y dice: «De los tales baste lo que se ha dicho. Tornemos a los hombres y a la razón, don divino por el cual el hombre animal ha sido llamado racional. Lo que se ha dicho del hombre es menos admirable, aunque es admirable ciertamente. Pues ha superado la admiración de todas las cosas admirables el que el hombre pudo descubrir una naturaleza divina y producirla. En efecto, nuestros antepasados cometieron un gran error por su incredulidad con relación a los dioses, y descuidándose del culto y religión divinos inventaron el arte de fabricar dioses. A esta invención añadieron una virtud conveniente sobre la naturaleza del mundo: la mezclaron con aquélla, y como no podían hacer las almas evocando las almas de los demonios o de los ángeles, se las apropiaron a las imágenes santas y a los divinos misterios para que por su medio tuvieran los ídolos el poder de obrar el bien y el mal».