La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Así, pues, no honramos nosotros a nuestros mártires como honran ellos a sus dioses, con honores divinos ni con crímenes humanos; ni les ofrecemos sacrificios, ni convertimos sus baldones en sus ritos sagrados. En cambio, sobre Isis, la esposa de Osiris, diosa de Egipto, y sobre sus antepasados, de quienes se dice que fueron todos reyes, lean los que quieren o pueden, y recuerden los que lo han leído cuántas y qué maldades se consignaron en sus escritos no por los poetas, sino por los místicos, como, según nos informa el sacerdote León, escribe Alejandro a su madre, Olimpíada: estando ella sacrificando a esos antepasados, encontró un haz de cebada y le mostró las espigas a su marido, el rey, y a su consejero, Mercurio, por donde vinieron a llamarla Ceres. Vean, pues, a qué hombres o por qué actos suyos les han dedicado sacrificios como si fueran dioses. Y no tengan la osadía de comparar en lo más mínimo a éstos, aunque los tengan por dioses, con nuestros santos mártires, aunque no los tengamos por dioses.
No dedicamos nosotros sacerdotes ni ofrecemos sacrificios a nuestros mártires, porque es inconveniente, indebido e ilícito; debido solamente al único Dios. No tratamos de recrearlos con los crímenes ni con los juegos vergonzosos con que trataron éstos de celebrar ya las torpezas de sus dioses si, por ser hombres, las cometieron, ya los fingidos deleites de demonios más nocivos, si no fueron hombres.