La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero bien claro les dio a entender a los prudentes qué opinión debían formarse de ellos, ya que procuró separar con precisión a los dioses, todos buenos y felices, a su entender, de las pasiones, y aun -dice- de las perturbaciones de los demonios, y sólo los relacionó por la eternidad de los cuerpos; en cambio, en cuanto al alma, recalcó abiertamente que no son semejantes a los dioses, sino a los hombres. Y aun esto no por la cualidad de la sabiduría, de que pueden participar los hombres, sino por la perturbación de las pasiones, que domina sobre los necios y los sabios; mas es dominada en tal manera por los sabios y los buenos, que prefieren no tener que superarla.
Si en efecto quisiera dar a entender que los demonios tenían con los dioses la eternidad de las almas, no la de los cuerpos, no excluiría a los hombres de la participación de este privilegio, porque sin duda, como buen platónico, piensa que también los hombres tienen alma inmortal. Por eso, al describir este género de vivientes, dice que los hombres tienen alma inmortal y miembros sujetos a la muerte. Y así, si los hombres no tienen en común con los dioses la eternidad por tener un cuerpo mortal, síguese que la tienen los demonios por su cuerpo inmortal.
CAPÍTULO IX
¿Puede la intercesión de los demonios granjear a los hombres la amistad de los dioses celestes?