La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios En fin, ¿qué malicia, qué castigo suspendió a estos mediadores falsos y falaces como si dijéramos con la cabeza abajo, de suerte que tengan común con los superiores la parte inferior del viviente, esto es, el cuerpo, y con los inferiores la parte superior, el alma? Así, están unidos con los dioses celestes por la parte esclava, y son miserables con los hombres terrestres por la parte señora. Porque el cuerpo es esclavo, como dice también Salustio: «Usamos del espíritu más bien para mandar y del cuerpo para servir». Y aún añade: «Lo uno nos es común con los dioses; lo otro, con las bestias».
Pero éstos, que los filósofos nos propusieron como mediadores entre nosotros y los dioses, bien pueden decir del alma y el cuerpo: el uno nos es común con los dioses; la otra, con los hombres. Con la diferencia, como dije, de que están atados y colgados al revés, teniendo el cuerpo esclavo común con los dioses felices y el alma señora con los hombres miserables, como si dijéramos, exaltados por la parte inferior, y abatidos por su parte superior. De donde se sigue que si alguien juzga que tiene en común con los dioses la eternidad, porque ninguna muerte puede separar su espíritu del cuerpo, como el de los vivientes terrestres, aun así no se puede juzgar a su cuerpo como portador eterno de seres honorables, sino como vínculo eterno de seres condenados.
CAPÍTULO X