La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 3. Por tanto, no hemos de proseguir el debate sobre el nombre, pues la cosa está tan clara que excluye todo escrúpulo de duda. Cierto que no les place a ellos nuestra afirmación de que del número de sus inmortales felices Dios ha enviado a los ángeles para que anunciasen su voluntad a los hombres; y esto porque ellos creen que este ministerio se realiza no por aquellos que llaman dioses, esto es, inmortales y felices, sino por los demonios, a los que sólo se atreven a llamar inmortales, pero no felices; o, a lo más, inmortales y felices sólo en el sentido de que son demonios buenos, no dioses colocados tan arriba que están alejados del trato humano. Aunque parezca esto una controversia de nombre sólo, es tan detestable el nombre de los demonios que tenemos que rechazarlo totalmente de los santos ángeles.
Al terminar este libro, quede bien claro que los inmortales y felices, o como quieran llamarlos, formados al fin y creados, no son intermediarios para llevar a la felicidad inmortal a los mortales y miserables, de los cuales los separan una y otra diferencias. Y los que son intermedios por su inmortalidad común con los superiores y su miseria con los inferiores, siendo miserables justamente por su malicia, pueden más bien envidiarnos esta felicidad, que no tienen que procurárnosla.