La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Los que pretenden que bajo el nombre de las aguas que están sobre los cielos se quiere designar a los ángeles se dejan llevar del peso de los elementos, y por ello piensan que la naturaleza fluida y grave de las aguas no pudo establecerse en los lugares superiores del mundo. A buen seguro que según esos argumentos, si ellos pudieran hacer al hombre, no le pondrían en la cabeza la pituita, que en griego se dice flegma, y que tiene el lugar de las aguas entre los elementos de nuestro cuerpo. Allí, en efecto, tiene su sede la flema, según la obra tan bien ordenada de Dios; claro, tan absurdamente según la conjetura de los tales, que si no supiéramos esto y se dijera en este libro que Dios había colocado el humor fluido y líquido y, por tanto, pesado, en la parte más alta de todas las del cuerpo humano, no lo creerían de ningún modo estos críticos de los elementos. Y aun reconociendo la autoridad de la misma Escritura, pensarían que allí se había de entender otra cosa.