Libre Albedrio - BAC - Libro III

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Cuando alguien cree que después de la muerte no será nada, y, no obstante, se ve como impelido por molestias inaguantables a desearse la muerte con toda su alma, y determina dársela y, en efecto, se suicida, tiene la opinión errónea de un completo aniquilamiento, y su sentimiento es el de un deseo natural de descanso. Ahora bien, lo que es permanente no es la nada; al contrario, tiene más realidad que lo que se mueve. Lo que se mueve es causa de afectos tan opuestos que mutuamente se excluyen. El reposo, por el contrario, goza de aquella constancia en la que se entiende perfectamente lo que significamos cuando decimos: Es, existe.

Y, por consiguiente, todo aquel deseo de morir que se halla en la voluntad no tiene por fin el llegar al aniquilamiento del que muere, sino llegar al descanso. De aquí que aun creyendo, contra toda verdad, el que desea morir, que ha de dejar de existir, desea, no obstante, y con deseo natural, la quietud, esto es, desea ser una realidad más perfecta. Por lo cual, así como es del todo imposible que el no ser agrade a nadie, así también es imposible que haya nadie que sea ingrato a la bondad de su Creador, por el hecho precisamente de haberle dado el ser.

El desorden del pecado y el orden universal


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