Libre Albedrio - BAC - Libro III

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Ag: —Y si uno, con buena voluntad —ya hemos hablado largo y tendido de su excelencia—, se abraza a la justicia únicamente con amor, sabiendo que nada hay mejor que ella, y en ella se recrea, y en ella encuentra, en fin, su bienestar y su alegría, abismado en su consideración y en la ponderación de su excelencia y de que no le puede ser arrebatada contra su voluntad, ¿podremos dudar de que sea enemigo declarado de cuanto se oponga a este bien único?

Ev: —Es de todo punto necesario que sea un enemigo declarado.

Ag: —¿Podemos considerar falto de prudencia a tal hombre, que estima este bien como superior a todos y rechazable cuanto a él se oponga?

Ev: —No creo en absoluto que pueda obrar así quien no sea prudente.

Ag: —Perfectamente. Mas, ¿por qué no hemos de concederle también la fortaleza? La razón es porque no puede este hombre amar ni tener en mucho ninguna de las cosas cuya posesión no depende de nuestra voluntad: no pueden ser amadas sino por una voluntad mala, y a ésta es preciso que él resista, como al enemigo de su bien más querido; y porque no las ama cuando las tiene, no las llora cuando las pierde; antes bien las desprecia. Esto, según antes dijimos y convinimos, es propio de la fortaleza.


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