Facundo

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A las intuiciones de su autor como artista debió este libro su éxito extraordinario desde el día de su aparición. Cuenta Sarmiento cómo don Pedro de Angelis, cortesano de Rosas, mostrábalo furtivamente el volumen a sus íntimos—«con la cautelosa precaución del peligro de los Seyanos en la corte de Tiberio»—, diciéndoles: «Esto se mueve, es la Pampa; el pasto hace ondas agitado por el aire; se siente el olor de las yerbas amargas...»[16]. Por eso lo tradujeron a diversos idiomas, para dar a otras gentes la visión de nuestra vida pampeana y mostrar en la raíz del desierto el germen de nuestras luchas. Por eso se han desprendido{24} del volumen, como páginas de antología popular, las siluetas del Rastreador, del Baqueano, del Gaucho malo y del caudillo silvestre, de las cuales Sarmiento dice que han quedado como la introducción de Volney a las «Ruinas de Palmira»... Sarmiento admiraba, en efecto, a Volney, y acaso no fué del todo extraña esa obra, lo mismo que la de Walter Scott, Víctor Hugo, Fenimore Cooper y Chateaubriand, a la formación de sus gustos como narrador. Pero su mérito no consiste en parecerse a sus maestros, sino en ser diferente de ellos. Los epígrafes que preceden cada capítulo en el Facundo, podrían ser también indicio de sus lecturas: Humboldt y Lamartine alternan con citas de Shakespeare en francés... Tal cosa muestra lo abigarrado de su cultura; pero quizá por eso mismo toda esa varia literatura le sirvió de abono para que la planta indígena del pensamiento genial pudiera crecer más lozana. Esto no nació de siembra ni de injerto, sino de misteriosa germinación natural, como las seculares selvas del trópico.


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