Facundo
Facundo «¿Por qué autor estudian ustedes legislación allá?—preguntaba el grave doctor Jigena a un joven de Buenos Aires—.—Por Bentham.—¿Por quién dice usted? ¿Por Benthancito?—señalando con el dedo el tamaño del volumen en dozavo en que anda la edición de Bentham—. ¡Ja, ja, ja!... ¡Por Benthancito! En un escrito mÃo hay más doctrina que en esos mamotretos. ¡Qué Universidad y qué doctorzuelos!—Y ustedes, ¿por quién enseñan?—¡Oh, el cardenal de Luca!...—¿Qué dice usted?...—¡Diez y siete volúmenes en folio!...»
Es verdad que el viajero que se acerca a Córdoba busca y no encuentra en el horizonte la ciudad santa, la ciudad mÃstica, la ciudad con capelo y borlas de doctor. Al fin el arriero le dice: «Vea ahÃ... abajo..., entre los pastos...» Y, en efecto: fijando la vista en el suelo, y a corta distancia, vense asomar una, dos, tres, diez cruces seguidas de cúpulas y torres de los muchos templos que decoran esta Pompeya de la España de la Edad Media.