Facundo
Facundo La historia de la cinta colorada es muy curiosa. Al principio fué una divisa que adoptaron los entusiastas; mandóse después llevarlo a todos para que probase la uniformidad de la opinión. Se deseaba obedecer, pero al mudar de vestido se olvidaba. La policía vino en auxilio de la memoria. Se distribuían mazorqueros por las calles, y sobre todo en las puertas de los templos, y a la salida de las señoras se distribuían sin misericordia zurriagazos con vergas de toro. Pero aún quedaba mucho que arreglar. ¿Llevaba uno la cinta negligentemente anudada?, ¡vergazos!; era unitario. ¿Llevábala chica?, ¡vergazos!; era unitario. ¿No la llevaba?, ¡degollarlo por contumaz! No paró ahí ni la solicitud del Gobierno ni la educación pública. No bastaba ser federal ni llevar la cinta, que era preciso además que ostentase el retrato del ilustre restaurador sobre el corazón, en señal de amor intenso, y los letreros mueran los{157} salvajes inmundos unitarios[28]. ¿Creeríase que con esto estaba terminada la obra de envilecer a un pueblo culto y hacerle renunciar a toda dignidad personal? ¡Ah!, todavía no estaba bien disciplinado. Amanecía una mañana en una esquina de Buenos Aires un figurón pintado en papel con una cinta flotante de media vara. En el momento que alguno la veía, retrocedía despavorido llevando por todas partes la alarma, entrábase en la primer tienda y salía de allí con una cinta de media vara. Diez minutos después toda la ciudad se presentaba en las calles, cada uno con su cinta flotante de media vara de largo. Aparecía otro día otro figurón con una ligera alteración en la cinta, la misma maniobra.