Facundo
Facundo Preparada asà la opinión pública, no hay sacrificios que la ciudad de San Juan no esté pronta a hacer en defensa de la federación; las contribuciones se distribuyen sin réplica, salen armas de debajo tierra; Facundo compra fusiles y sables a quien se los presenta. Los Aldaos triunfan de la incapacidad de los unitarios, por la violación de los tratados{192} del Pilar, y entonces Quiroga pasa a Mendoza. Allà era el terror inútil; las matanzas diarias ordenadas por el fraile, de que di detalles en su biografÃa, tenÃan helada como un cadáver a la ciudad; pero Facundo necesitaba confirmar allà el espanto que su nombre infundÃa por todas partes. Algunos jóvenes sanjuaninos han caÃdo prisioneros; éstos por lo menos le pertenecen. A uno de ellos manda hacer esta pregunta: ¿Cuántos fusiles puede entregar dentro de cuatro dÃas? El joven contesta que si se le da tiempo para mandar a Chile a procurarlos y a su casa para recolectar fondos, verá lo que puede hacer. Quiroga reitera la pregunta, pidiendo que conteste categóricamente. «¡Ninguno!» Un minuto después llevaban a enterrar el cadáver, y seis sanjuaninos más le seguÃan a cortos intervalos. La pregunta sigue haciéndose de palabra o por escrito a los prisioneros mendocinos, y las respuestas son más o menos satisfactorias. Un reo de más alto carácter se presenta: el general Alvarado ha sido aprehendido y Facundo lo hace traer a su presencia.—Siéntese, general—le dice; ¿en cuántos dÃas podrá entregarme 6.000 pesos por su vida?—En ninguno, señor; no tengo dinero.—¡Eh!, pero tiene usted amigos que no lo dejarán fusilar.—No tengo, señor; yo era un simple transeúnte por esta provincia cuando, forzado por el voto público, me hice cargo del gobierno.—¿Para dónde quiere usted retirarse?—continúa después de un momento de silencio.—Para donde S. E. lo ordene.—Diga usted, ¿adónde quiere ir?—Repito que donde se me ordene.—¿Qué le parece San Juan?—Bien, señor.—¿Cuánto dinero necesita?—Gracias, señor; no necesito. Facundo se dirige a un escritorio, abre dos gavetas rehenchidas de oro y retirándose le dice:—Tome, general, lo que necesite.—Gracias, señor, nada. Una hora{193} después el coche del general Alvarado estaba a la puerta de su casa cargado con su equipaje y el general Villafañe, que debÃa acompañarlo a San Juan, donde a su llegada le entregó 100 onzas de oro de parte del general, suplicándole que no se negase a admitirlas.