El arte de ser feliz
El arte de ser feliz En todas las cosas que afectan nuestro bienestar y malestar, nuestras esperanzas y temores, hay que poner riendas a la fantasÃa. Si nos pintamos en la fantasÃa posibles sucesos felices y sus consecuencias, sólo nos hacemos la realidad aún más insoportable, construimos castillos en el aire y después los pagamos caros con la decepción. Pero el pintarse posibles infortunios puede tener consecuencias aún peores: puede convertir a la fantasÃa, como dice Gracián,[40] en nuestro verdugo casero. Si tomáramos para las fantasÃas negras un tema muy lejano y lo escogiéramos libremente, no podrÃa ser dañino, porque al despertar de nuestro sueño sabrÃamos enseguida que todo era invención y ésta contendrÃa una advertencia contra infortunios lejanos pero posibles. Sin embargo, por provechoso que podrÃa ser, de éstas no suele ocuparse nuestra fantasÃa; sólo construye ociosamente castillos alegres en el aire. En cambio, cuando alguna desventura ya nos amenaza realmente, a menudo la fantasÃa se dedica a recrearla pintándola siempre más grande, acercándola más y haciéndola más terrible de lo que es. No podemos deshacernos de un sueño de esta clase al despertarnos, como lo harÃamos con uno alegre. A éste lo desdice inmediatamente la realidad, y lo que aún pudiera contener de aspectos posibles lo dejamos en manos del destino. No pasa lo mismo al despertar de fantasÃas oscuras: nos falta el parámetro del grado de la probabilidad de la cosa; la hemos acercado y puesto ante nosotros, su posibilidad, en general, es segura, se convierte para nosotros en algo verosÃmil y sufrimos mucha angustia. Las cosas que afectan nuestro bienestar y malestar sólo las tenemos que tratar con la capacidad de juicio, que opera con conceptos e in abstracto, con la reflexión sobria y frÃa; no debemos dejar que la fantasÃa se acerque a ellas, porque no es capaz de juzgar; sólo nos muestra una imagen y ésta emociona el ánimo inútilmente y a menudo de manera penosa. Por tanto: ¡poner riendas a la fantasÃa!
