El arte de sobrevivir
El arte de sobrevivir Al igual que si se tratara de una preciada prenda que le hubiera sido confiada y que exigiera asumir una grave responsabilidad, de igual modo cualquiera protege su vida y vela por ella, entre preocupaciones sin fin y frecuentes apuros, y en ello se le va la existencia. El para qué y el porqué, la recompensa por todo ello, es algo que, ciertamente, no ve, sino que ha aceptado la prenda a ciegas, por lealtad y confianza, y no sabe en qué consiste realmente. De ahí que haya yo afirmado que estas marionetas no se ven movidas desde fuera, sino que llevan su propio mecanismo en el interior, el cual hace que sus movimientos se sucedan. Esto es la voluntad de vivir, que se muestra como un incansable impulso, una pulsión irracional, que no encuentra su razón suficiente en el mundo exterior. Mantiene a cada uno fijo en la escena y es el primum mobile [primer móvil][136] de sus movimientos; mientras que los objetos exteriores, los motivos, simplemente determinan la dirección de los mismos en los detalles: de lo contrario, la causa no sería proporcional al efecto. Pues igual que cualquier manifestación de una fuerza natural tiene una causa, pero la fuerza natural misma carece de ella, así cada acto de la voluntad posee un motivo, pero la voluntad misma no; es más: en el fondo, ambas cosas son uno y lo mismo. Por todas partes, la voluntad, en cuanto lo metafísico, constituye el límite de cualquier consideración, más allá del cual no puede ir. A partir de la expuesta primordialidad e incondicionalidad de la voluntad es explicable el hecho de que el hombre ame por encima de todo una existencia llena unas veces de precariedad, calamidades, dolor y miedo y otras veces de tedio; una existencia que, considerada y sopesada de manera puramente objetiva, debería ser despreciada por él; una existencia, cuyo final, sin embargo, es lo único certero para él y que teme por encima de todas las cosas. De acuerdo con ello, vemos a menudo cómo una triste figura, deformada y doblegada por la edad, la escasez y la enfermedad, desde el fondo de su corazón pide nuestra ayuda para prolongar una vida cuyo fin, sin duda, parecería algo deseable, si un juicio objetivo fuera aquí lo determinante. En cambio, lo que manda es, pues, la ciega voluntad, que aparece en forma de un impulso vital, ganas de vivir y ánimo para seguir viviendo: el mismo impulso que hace crecer las plantas.[137]
