El arte de sobrevivir
El arte de sobrevivir No pretendo hablar aquà de salvajes, cuya vida a menudo solo está un escalón por encima de la de los monos encaramados a los árboles: antes bien, figurémonos, por ejemplo, a un descargador del puerto de Nápoles o Venecia (en el norte, la preocupación por el invierno hace que los hombres sean ya más reflexivos y, por tanto, más prudentes) y contemplemos el curso de su vida, desde el principio hasta el fin. Impulsado por la miseria, llevado por la propia fuerza, alivia con su trabajo la necesidad del dÃa, y hasta de cada hora, realiza grandes esfuerzos, en constante tumulto y con mucha necesidad, carece de toda preocupación ante el porvenir, se permite un descanso reparador tras la extenuación, protagoniza muchas peleas con otros, no tiene nada de tiempo para reflexionar, disfruta del bienestar de los sentidos en medio de un clima benévolo y gracias a una comida aceptable, y finalmente, como elemento metafÃsico, siente algo de la tremenda superstición infundada por la Iglesia: en total, vive en un estado apenas consciente en el que se deja llevar, o mejor dicho, en el que se ve arrastrado. Este sueño confuso y agitado constituye la vida de millones de personas.[149]
Con tales ejemplos se hace evidente que hay una desproporción entre los esfuerzos y las penalidades de la vida y la utilidad o ganancia de la misma.[150]