El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Sabemos que la pluralidad en general está condicionada necesariamente por el tiempo y el espacio y solo es pensable en ellos, a los que en este sentido llamamos el principium individuationis. Pero hemos conocido que el tiempo y el espacio son formas del principio de razón en el que está expresado todo nuestro conocimiento a priori, el cual, como antes se explicó, solo conviene a la cognoscibilidad de las cosas y no a ellas mismas, es decir, es simplemente nuestra forma de conocimiento y no una propiedad de la cosa en sí, que en cuanto tal está libre de toda forma de conocimiento incluyendo la más general, la de ser objeto para un sujeto, así que es totalmente distinta de la representación. Si, tal y como creo haber demostrado y clarificado suficientemente, esa cosa en sí es la voluntad, entonces esta, considerada en cuanto tal y fuera de su fenómeno, se halla fuera del tiempo y el espacio, de modo que no conoce la pluralidad y es, por consiguiente, una; pero no, según se dijo, al modo en que es uno un individuo o un concepto sino al modo de algo a lo que es ajena la condición de posibilidad de la pluralidad, el principium individuationis. Ella no está afectada por la pluralidad de las cosas en el espacio y el tiempo que constituyen su objetividad, y permanece indivisible a pesar de ellos. No hay, por ejemplo, una parte más pequeña de ella en la piedra y otra mayor en el hombre: porque la relación entre parte y todo pertenece exclusivamente al espacio y deja de tener sentido en cuanto nos apartamos de esa forma de la intuición; pero también el más y el menos afectan únicamente al fenómeno, es decir, a la visibilidad o la objetivación: de ella hay un grado superior en la planta que en la piedra, y mayor en el animal que en la planta: incluso su irrupción en la visibilidad, su objetivación, posee grados tan infinitos como los que hay entre el crepúsculo más débil y la más clara luz del sol, entre el tono más intenso y el eco más ligero. Más adelante volveremos a examinar esos grados de visibilidad que pertenecen a su objetivación, al reflejo de su esencia. Pero todavía menos de lo que le afecta a ella misma de forma inmediata la gradación de su objetivación, le afecta la pluralidad de los fenómenos en esos diferentes grados, es decir, la cantidad de individuos de cada forma o de manifestaciones individuales de cada fuerza; porque esa pluralidad está inmediatamente condicionada por el tiempo y el espacio, en los cuales ella misma no se introduce nunca. Se revela de forma tan completa y en tanta medida en un roble como en millones: el número de estos, su multiplicación en el espacio y el tiempo, no tiene significado alguno en relación con ella sino solo en referencia a la pluralidad de individuos que conocen en el espacio y el tiempo, y se multiplican y dispersan en ellos; mas la pluralidad de estos también afecta a su vez solamente a su fenómeno y no a ella misma. Por eso se podría afirmar que si per impossibile fuera totalmente aniquilado un solo ser, aunque fuera el más insignificante, con él tendría que sucumbir el mundo entero. Con este sentimiento afirma el gran místico Ángel Silesio:
