El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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§ 27

Si a partir de todas las consideraciones precedentes acerca de las fuerzas de la naturaleza y los fenómenos de las mismas se nos ha hecho claro hasta dónde puede llegar la explicación por causas y dónde ha de detenerse si no quiere degenerar en un necio esfuerzo por reducir el contenido de todos los fenómenos a su mera forma, en el que al final no quedaría más que la forma, ahora podemos también determinar en general lo que se puede exigir de toda etiología. Esta tiene que investigar las causas de todos los fenómenos de la naturaleza, es decir, las circunstancias bajo las que siempre aparecen: pero luego tiene que reducir los fenómenos que han tomado múltiples formas bajo diversas circunstancias a aquello que actúa en todo fenómeno y que se da por supuesto en la causa: a la fuerza originaria de la naturaleza; y ha de distinguir correctamente si una diversidad del fenómeno proviene de una diversidad de fuerzas o de una simple diversidad de las circunstancias en las que la fuerza se exterioriza; al mismo tiempo ha de guardarse de considerar un fenómeno de distintas fuerzas lo que es exteriorización de una sola simplemente bajo distintas circunstancias, como a la inversa, de considerar como exteriorizaciones de una fuerza lo que originariamente pertenece a fuerzas diversas. A esto corresponde inmediatamente el Juicio; de ahí que tan pocos hombres sean capaces de ampliar en la física la comprensión, pero todos la experiencia. La pereza y la ignorancia inclinan a apelar demasiado pronto a fuerzas originarias. Eso se muestra con una exageración semejante a la ironía en las entidades y quiddidades de los escolásticos. Nada deseo menos que haber favorecido el restablecimiento de la misma. No estamos más autorizados a sustituir una explicación física invocando la objetivación de la voluntad que el poder creador de Dios. Pues la física exige causas y la voluntad nunca es causa: su relación con el fenómeno no es en absoluto la del principio de razón; antes bien, lo que en sí es voluntad existe por otro lado como representación, es decir, es fenómeno: en cuanto tal obedece las leyes que constituyen la forma del fenómeno: ahí, por ejemplo, todo movimiento, aun siendo siempre fenómeno de la voluntad, ha de tener una causa que lo puede explicar en relación con un determinado tiempo y lugar, es decir, no en general ni en su esencia interior sino como fenómeno individual. Esta es una causa mecánica en el caso de la piedra y un motivo en el movimiento del hombre: pero nunca puede faltar. En cambio, lo universal, la esencia común de todos los fenómenos de una clase determinada, aquello sin cuya suposición la explicación por causas no tendría sentido ni significado, eso es la fuerza natural universal que en la física ha de quedar como una qualitas occulta, precisamente porque aquí la explicación etiológica ha llegado a su fin y empieza la metafísica. Mas la cadena de causas y efectos no es nunca interrumpida por una fuerza originaria a la que hubiera que remitirse, no retrocede hasta ella como a su primer miembro, sino que tanto el miembro más próximo como el más remoto de la cadena suponen ya la fuerza originaria y no podrían ser explicados sin ella. Una serie de causas y efectos puede ser el fenómeno de las fuerzas más variadas que son guiadas por ella en su sucesivo hacerse visibles, tal y como lo he ilustrado anteriormente en el ejemplo de una máquina metálica: pero la diversidad de esas fuerzas originarias no deducibles unas de otras no interrumpe en modo alguno la unidad de aquella cadena de causas y la conexión entre todos sus miembros. La etiología de la naturaleza y la filosofía de la naturaleza nunca se perjudican entre sí sino que marchan una junto a otra analizando el mismo objeto desde distintos puntos de vista. La etiología da cuenta de las causas que producen necesariamente el fenómeno individual a explicar, y como fundamento de todas sus explicaciones muestra las fuerzas universales que actúan en todas esas causas y efectos, determina con exactitud esas fuerzas, su número y sus diferencias, y luego todos los efectos en los que cada fuerza se manifiesta de forma distinta conforme a la diversidad de las circunstancias, pero siempre de acuerdo con su carácter peculiar que ella despliega según una regla indefectible denominada ley natural. Tan pronto como la física haya cumplido plenamente a este respecto, habrá alcanzado su compleción: entonces no habrá ninguna fuerza desconocida en la naturaleza inorgánica ni efecto alguno que no se demuestre como fenómeno de una de aquellas fuerzas bajo ciertas circunstancias y conforme a una ley natural. Sin embargo, una ley natural sigue siendo una mera regla extraída de la observación de la naturaleza, conforme a la cual procede esta siempre que surgen unas determinadas circunstancias: de ahí que podamos definir la ley natural como un hecho universalmente expresado, un fait généralisé; según ello, una exposición completa de todas las leyes naturales sería simplemente un completo registro de hechos. — La consideración de la naturaleza en su conjunto viene luego completada por la morfología, que enumera, compara y ordena todas las formas permanentes de la naturaleza orgánica: sobre la causa de la aparición de los seres individuales tiene poco que decir, ya que es en todos ellos la procreación, cuya teoría es otro asunto, y en casos infrecuentes la generatio aequivoca. Mas a esta última pertenece también, tomada en sentido estricto, la forma en que todos los grados inferiores de objetivación de la voluntad, o sea, los fenómenos físicos y químicos, surgen en los individuos; e indicar las condiciones de ese surgimiento constituye justamente la tarea de la etiología. La filosofía, en cambio, contempla siempre, luego, también en la naturaleza, únicamente lo general: las fuerzas originarias mismas son aquí su objeto y en ellas conoce los diferentes grados de objetivación de la voluntad que es la esencia interior, el en sí de este mundo al que, visto desde aquella, califica de mera representación del sujeto. Pero cuando la etiología, en lugar de preparar el terreno a la filosofía y suministrar aplicación a sus teorías mediante pruebas, piensa que su fin es negar todas las fuerzas originarias hasta llegar acaso a una, la más general, por ejemplo, la impenetrabilidad, y se imagina que la comprende a fondo pretendiendo así reducir por la fuerza todas las demás a ella, entonces queda privada de su propia fundamentación y solo puede ofrecer error en lugar de verdad. El contenido de la naturaleza es entonces desplazado por la forma, todo se atribuye a las circunstancias que actúan y nada a la esencia interna de las cosas. Si realmente se consiguiera tener éxito por esa vía, un ejemplo de cálculo resolvería en último término el enigma del mundo, tal y como se dijo. Pero, como ya mencioné, ese es el camino que se toma cuando se pretende reducir toda acción fisiológica a forma y mezcla, acaso a electricidad, esta a su vez a quimismo y este a mecanismo. Este último fue, por ejemplo, el fallo de Descartes y todos los atomistas, que redujeron el movimiento de los cuerpos mundanos al choque de un fluido y las cualidades a la conexión y forma de los átomos, esforzándose por explicar todos los fenómenos de la naturaleza como simples fenómenos de impenetrabilidad y cohesión. Aunque se está de vuelta de eso, en nuestros días también hacen lo mismo los fisiólogos eléctricos, químicos y mecánicos, que obstinadamente pretenden explicar toda la vida y funciones del organismo a partir de la «forma y mezcla» de sus partes constitutivas. Que la finalidad de la explicación fisiológica es la reducción de la vida orgánica a las fuerzas universales que examina la física, lo encontramos aún expresado en el Archivo de fisiología de Meckel, 1820, volumen 5, página 185. — También Lamarck en su Philosophie zoologique, volumen 2, capítulo 3, interpreta la vida como un simple efecto del calor y la electricidad: le calorique et la matière électrique suffisent parfaitement pour composer ensemble cette cause essentielle de la vie[115] (p. 16). Según eso, el calor y la electricidad serían verdaderamente la cosa en sí, y el mundo animal y vegetal su fenómeno. Lo absurdo de esta opinión destaca llamativamente en las páginas 306 y siguientes de aquella obra. Es de todos conocido que en la época más reciente han vuelto a surgir con renovada insolencia todas aquellas concepciones tan a menudo hechas estallar. Examinadas con exactitud se basan en último término en el supuesto de que el organismo no es más que un agregado de fenómenos de fuerzas físicas, químicas y mecánicas que, reunidas por azar, dieron lugar al organismo a modo de juego natural sin mayor significación. Por lo tanto, filosóficamente considerado, el organismo de un animal o del hombre no sería la representación de una idea propia, es decir, objetividad inmediata de la voluntad en un grado superior determinado, sino que en él se manifestarían únicamente aquellas ideas que objetivan la voluntad en la electricidad, el quimismo y el mecanismo: en consecuencia, el organismo se habría conformado a partir de la unión de esas fuerzas de forma tan casual como las formas de hombres y animales a partir de las nubes o estalactitas, por lo que la cosa no tendría en sí mayor interés. — Sin embargo, enseguida veremos hasta qué punto aquella aplicación de las explicaciones físicas y químicas al organismo puede ser permitida y útil dentro de ciertos límites; pues explicaré que la fuerza vital se sirve, desde luego, de las fuerzas de la naturaleza inorgánica, pero en modo alguno consiste en ellas, al igual que el herrero no consiste en el martillo y el yunque. De ahí que ni aun la vida vegetal más simple pueda explicarse por ellas, por ejemplo, por la capilaridad y la endósmosis; y ello por no hablar de la vida animal. La siguiente consideración nos allana el camino a esa discusión, de considerable dificultad.


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