El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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El carácter de cada hombre particular, en la medida en que es individual y no se halla totalmente comprendido en el de la especie, puede ser considerado como una idea especial correspondiente a un acto peculiar de objetivación de la voluntad. Ese acto mismo sería entonces su carácter inteligible, mientras que el empírico sería el fenómeno de aquel. El carácter empírico está totalmente determinado por el inteligible, que es la voluntad carente de razón, es decir, no sometida en cuanto cosa en sí al principio de razón (la forma del fenómeno). El carácter empírico tiene que proporcionar el reflejo del inteligible en un curso vital y no puede resultar distinto de lo que exige la esencia de este. Mas esa determinación se extiende solamente a lo esencial, no a lo accesorio del curso vital que según eso se manifiesta. A esa parte accesoria pertenece también la determinación próxima de los acontecimientos y acciones, que son la materia en la que se muestra el carácter empírico. Estos son determinados por circunstancias externas que ofrecen los motivos a los que reacciona el carácter según su naturaleza; y, dado que estos pueden ser muy diferentes, la forma exterior del fenómeno del carácter empírico, es decir, la determinada configuración fáctica o histórica del curso vital, tendrá que ajustarse al influjo de aquellos. Esa configuración podrá resultar muy diferente, si bien lo esencial de ese fenómeno, su contenido, sigue siendo el mismo: así, por ejemplo, es accesorio jugarse nueces o coronas: pero hacer trampas en el juego o proceder honradamente, eso es lo esencial: esto viene determinado por el carácter inteligible, aquello por la influencia externa. Así como el mismo tema puede presentarse en un centenar de variaciones, el mismo carácter puede aparecer en un centenar de cursos vitales muy diferentes. Pero por muy distinto que pueda ser el influjo externo, el carácter empírico que se expresa en el curso vital, al margen de cómo resulte, tiene que objetivar con exactitud el inteligible adecuando su objetivación al tejido de circunstancias externas que encuentre. — Hemos de admitir algo análogo a aquel influjo de las circunstancias externas sobre el curso vital determinado en lo esencial por el carácter, si es que queremos imaginarnos cómo la voluntad en el acto originario de su objetivación determina las distintas ideas en las que se objetiva, es decir, las diferentes formas de seres naturales de todas clases en las que distribuye su objetivación y que, por eso mismo, tienen que poseer necesariamente una relación recíproca en el fenómeno. Hemos de admitir que entre todos aquellos fenómenos de la voluntad única se produjo una mutua y general adaptación y acomodación en la que, sin embargo, y como pronto veremos más claramente, hay que omitir toda determinación temporal, ya que la idea está fuera del tiempo. En consecuencia, cada fenómeno tuvo que adaptarse al entorno en el que surgió, y este a su vez a aquel, aunque el fenómeno ocupe un lugar muy posterior en el tiempo; y por todas partes vemos ese consensus naturae. Por eso cada planta está adaptada a su suelo y su cielo, cada animal a su elemento y a la presa que ha de convertirse en su alimento, estando también protegido en cierta medida contra su perseguidor natural; el ojo está adaptado a la luz y a su refrangibilidad, el pulmón y la sangre, al aire, la vejiga natatoria, al agua, el ojo de la foca, al cambio de su medio, las celdas acuáticas del estómago del camello, a la aridez del desierto africano, la vela del nautilo[127], al viento que ha de empujar su barquilla, y así hasta llegar a las finalidades externas más especializadas y sorprendentes[128]. Pero aquí hay que hacer abstracción de todas las relaciones temporales, ya que estas solo pueden afectar al fenómeno de la idea y no a ella misma. Por consiguiente, aquella forma de explicación se puede aplicar también hacia atrás y no solamente suponer que cada especie se acomodó a las circunstancias que encontró, sino que esas circunstancias precedentes en el tiempo tuvieron también en cuenta a los seres que un día habían de llegar. Pues es una y la misma voluntad la que se objetiva en todo el mundo: no conoce el tiempo, ya que esa forma del principio de razón no le pertenece a ella ni a su objetividad originaria, las ideas, sino solo al modo y manera en que estas son conocidas por los individuos efímeros, es decir, por el fenómeno de las ideas. Por eso en nuestro presente examen del modo en que la objetivación de la voluntad se reparte en las ideas, la secuencia temporal carece totalmente de significado; y las ideas cuyos fenómenos surgieron antes en el tiempo conforme a la ley de la causalidad a la que están sometidos como tales no tienen privilegio alguno frente a aquellas cuyo fenómeno surgió después y que, antes bien, son las más perfectas objetivaciones de la voluntad a las que las anteriores tienen que adaptarse tanto como ellas a estas. Así pues, el curso de los planetas, la desviación de la eclíptica, la rotación de la Tierra, la distribución de la tierra firme y el mar, la atmósfera, la luz, el calor y todos los fenómenos análogos, que son en la naturaleza lo que el bajo fundamental en la armonía, se acomodaron llenos de presentimientos a las futuras especies de seres vivientes de los que habían de ser soporte y sustento. Igualmente se acomodó el suelo a la alimentación de las plantas, estas a la de los animales, estos a la de otros animales y, a la inversa, todos estos a aquel. Todas las partes de la naturaleza se apoyan porque una es la voluntad que se manifiesta en todas ellas; pero la sucesión temporal es totalmente ajena a su originaria y única adecuada objetividad (esta expresión la explica el libro siguiente): las ideas. Todavía ahora, y dado que las especies solo tienen que mantenerse y no que surgir, vemos aquí y allá, extendida al futuro y como haciendo abstracción de la sucesión temporal, una tal previsión de la naturaleza, una acomodación de lo que existe a lo que ha de venir. Así el ave construye el nido para las crías que aún no conoce, el castor levanta una construcción cuya finalidad ignora, la hormiga, el hámster y la abeja acumulan provisiones para un invierno del que nada saben, la araña y la hormiga león, como con una astucia reflexiva, construyen trampas para las futuras rapiñas que no conocen, y los insectos depositan sus huevos allá donde las futuras larvas encontrarán alimento. Cuando en la época de floración la flor hembra de la Vallisneria dioica despliega las circunvalaciones de su tallo, que hasta entonces la habían mantenido en el fondo del agua, elevándose así hasta la superficie, justamente entonces la flor macho que crecía en el fondo del agua en un tallo corto se arranca de él y, sacrificando su vida, llega hasta la superficie donde busca la flor hembra flotando a su alrededor; luego esta, tras producirse la fecundación, contrayendo su espiral se retira otra vez al fondo, donde se forma el fruto[129]. También aquí tengo que recordar de nuevo la larva del ciervo volante macho, que para su metamorfosis hace un agujero en la madera el doble de grande que la hembra, a fin de tener espacio para sus futuros cuernos. Así pues, el instinto de los animales nos ofrece la mejor ilustración de la restante teleología de la naturaleza. Pues, así como el instinto es una acción análoga a la que se produce según el concepto de un fin pero carente de él, también toda producción natural se asemeja a la realizada según el concepto de un fin pero no lo tiene. Porque tanto en la teleología externa de la naturaleza como en la interna, lo que tenemos que pensar como medio y fin no es nunca más que el fenómeno de la unidad de la voluntad única y acorde consigo misma, disgregado en el espacio y el tiempo para nuestra forma de conocimiento.


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