El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Tiempo y espacio, cada uno por sí, son representables intuitivamente incluso sin la materia, pero la materia no lo es sin ellos. Ya la forma, que es inseparable de ella, presupone el espacio, y su actuar, en el que consiste toda su existencia, se refiere siempre a un cambio, o sea, a una determinación del tiempo. Pero el tiempo y el espacio no están supuestos por la materia cada uno por sí solo, sino que la unión de ambos forma la esencia de esta, precisamente porque, como se mostró, consiste en actuar, en la causalidad. En efecto, todos los innumerables fenómenos y estados pensables podrían coexistir en el espacio infinito sin oprimirse o sucederse en el tiempo infinito sin molestarse; entonces no sería en absoluto precisa, ni siquiera aplicable, una relación necesaria entre ellos ni una regla que los determinara conforme a ella; por consiguiente, en toda coexistencia en el espacio y cambio en el tiempo, en la medida en que cada una de ambas formas tuviera su existencia y curso por sí misma y sin conexión con la otra, no habría causalidad alguna; y, puesto que esta constituye la verdadera esencia de la materia, tampoco existiría la materia. — Mas el significado y necesidad de la ley de la causalidad se deben exclusivamente a que la esencia del cambio no consiste en la alteración de los estados en sí misma, sino más bien en que en el mismo lugar del espacio se da ahora un estado y luego otro, y que en un mismo tiempo determinado se produce aquí este estado y allí otro: solo esa limitación recíproca del tiempo y el espacio da significado, y al mismo tiempo necesidad, a una regla según la cual ha de producirse el cambio. Lo que se determina con la ley de la causalidad no es, pues, la sucesión de los estados en el mero tiempo, sino esa sucesión en referencia a un determinado espacio; ni tampoco la existencia de los estados en un determinado lugar, sino en ese lugar dentro de un determinado tiempo. Así que el cambio, es decir, la alteración producida conforme a la ley causal, se refiere siempre a una determinada parte del espacio y a una determinada parte del tiempo a la vez y en unión. En consecuencia, la causalidad une el espacio con el tiempo. Pero hemos descubierto que toda la esencia de la materia consiste en actuar, o sea, en la causalidad: por consiguiente, también en ella el espacio y el tiempo han de estar unidos, es decir, que ha de soportar en sí misma al mismo tiempo las propiedades del tiempo y las del espacio, por muy antagónicos que sean ambos; y ha de unificar en sí misma lo que en cada uno de ellos por separado es imposible, o sea, el inestable flujo del tiempo con la rígida e invariable persistencia del espacio, recibiendo de ambos la divisibilidad infinita. Conforme a esto vemos que gracias a ella surge la simultaneidad, que no podría darse ni en el mero tiempo, que no conoce la yuxtaposición, ni en el mero espacio, que no conoce ningún antes, después o ahora. Mas es la simultaneidad de muchos estados lo que propiamente constituye la esencia de la realidad: pues con ella se hace posible en primer lugar la duración, que solo se puede conocer en la alteración de aquello que existe en simultaneidad con lo que dura; pero además, solo a través de lo que dura en la alteración recibe esta el carácter de cambio, es decir, de modificación de la cualidad y la forma bajo la permanencia de la sustancia, es decir, de la materia[50]. En el mero espacio el mundo sería fijo e inmóvil: no habría ninguna sucesión, ningún cambio, ninguna acción: mas junto con la acción se suprime la representación de la materia. En el mero tiempo, a su vez, todo sería pasajero: no habría ninguna permanencia, ninguna yuxtaposición, y por lo tanto ninguna simultaneidad ni duración: así que tampoco habría ninguna materia. Solo mediante la unión del tiempo y el espacio surge la materia, es decir, la posibilidad de la simultaneidad y con ella de la duración, y con esta a su vez la de la permanencia de la sustancia bajo el cambio de los estados[51]. Al tener su esencia en la unión del tiempo y el espacio, la materia lleva el sello de ambos. Su origen espacial se documenta en parte por la forma, de la que es inseparable, pero en especial (y dado que la alteración solo pertenece al tiempo y que en este por sí solo nada hay permanente) por su permanencia (sustancia), cuya certeza a priori se deriva en su totalidad de la del espacio[52]: su origen temporal lo revela en la cualidad (accidente), sin la cual nunca se manifiesta, y que en sentido estricto es siempre causalidad, acción en otra materia, o sea, cambio (un concepto temporal). Mas la legalidad de esa acción se refiere siempre al espacio y el tiempo a la vez, y solamente así tiene significado. La única determinación que abarca la ley de causalidad es la de qué estado ha de producirse en este momento y en este lugar. En esa deducción de las determinaciones fundamentales de la materia a partir de nuestras formas cognoscitivas a priori se basa el hecho de que le atribuyamos a priori ciertas propiedades, a saber: el ocupar un espacio, es decir, la impenetrabilidad o la actividad, luego la extensión, la divisibilidad infinita, la permanencia, es decir, la indestructibilidad, y finalmente el movimiento: en cambio, el peso, pese a carecer de excepción, hay que contarlo dentro del conocimiento a posteriori, si bien Kant, en los Fundamentos metafísicos de la ciencia natural, p. 71 (ed. de Rosenkranz, p. 372), lo establece como cognoscible a priori.


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