El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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§ 36

La historia sigue el hilo de los acontecimientos: es pragmática en cuanto los deduce de la ley de motivación, que es la ley que determina la manifestación de la voluntad cuando se halla iluminada por el conocimiento. En los grados inferiores de su objetividad, en los que aún actúa sin conocimiento, la ciencia natural examina en cuanto etiología las leyes de los cambios de sus fenómenos y en cuanto morfología, el elemento permanente de los mismos; este tema, casi infinito, se hace más fácil con la ayuda de los conceptos, reuniendo lo general y deduciendo de ello lo particular. Finalmente, la matemática estudia las meras formas en las que las ideas aparecen disgregadas en una pluralidad para el conocimiento del sujeto como individuo, es decir, el tiempo y el espacio. Todas ellas, que reciben el nombre común de ciencia, siguen el principio de razón en sus distintas formas y su tema sigue siendo el fenómeno, sus leyes, su conexión y las relaciones que de ahí nacen. — ¿Pero qué clase de conocimiento considera lo único que es verdaderamente esencial en el mundo y existe al margen e independientemente de toda relación, el verdadero contenido de sus fenómenos que no está sometido al cambio y cuyo conocimiento es por tanto igualmente verdadero en todo tiempo; en una palabra: las ideas, que son la objetividad inmediata y adecuada de la cosa en sí, de la voluntad? — Es el arte la obra del genio. El arte reproduce las ideas eternas captadas en la pura contemplación, lo esencial y permanente de todos los fenómenos del mundo; y según sea la materia en la que las reproduce, será arte plástica, poesía o música. Su único origen es el conocimiento de las ideas; su único fin, la comunicación de ese conocimiento. — Mientras que la ciencia, al seguir la continua corriente de razones y consecuencias en sus cuatro formas, con cada objetivo que consigue es remitida a otro sin que pueda nunca alcanzar un fin último ni una completa satisfacción, del mismo modo que no podemos alcanzar andando el punto donde las nubes tocan el horizonte, el arte, por el contrario, alcanza siempre su fin. Pues arranca el objeto de su contemplación fuera de la corriente del curso mundano y lo tiene aislado ante sí: y ese objeto individual, que era una parte diminuta de aquella corriente, se convierte en un representante del todo, en un equivalente de los infinitos que hay en el espacio y el tiempo: por eso se queda en ese ser individual: la rueda del tiempo se para: las relaciones desaparecen: solo lo esencial, la idea, es su objeto. — De ahí que podamos calificar el arte como la forma de considerar las cosas independientemente del principio de razón, en oposición a la consideración que sigue directamente ese principio, y que constituye la vía de la experiencia y la ciencia. Esta última forma de consideración es comparable a una línea horizontal infinita; la primera, a la línea perpendicular que la corta en cualquier punto. La que sigue el principio de razón es la forma de consideración racional, única que vale y sirve de ayuda en la vida práctica y en la ciencia: la que aparta la vista del contenido de aquel principio es la forma de consideración genial, única que vale y sirve de ayuda en el arte. La primera es la de Aristóteles; la segunda es, en su conjunto, la de Platón. La primera se asemeja a la violenta tempestad que avanza sin comienzo ni fin, doblando, moviendo y arrastrándolo todo consigo; la segunda, al tranquilo rayo de sol que atraviesa esa tempestad sin ser alterado por ella. La primera es como las innumerables gotas de la cascada, que cambian siempre sin descansar un solo instante: la segunda, al arco iris que reposa apaciblemente sobre ese alborotado barullo. — Solo a través de esa contemplación pura que queda totalmente absorbida en el objeto son captadas las ideas; y la esencia del genio consiste precisamente en la preponderante capacidad para tal contemplación: y, dado que esta consigue un total olvido de la propia persona y sus relaciones, la genialidad no es sino la más perfecta objetividad, es decir, la dirección objetiva del espíritu, opuesta a la subjetiva, que se encamina a la propia persona, es decir, a la voluntad. Por consiguiente, la genialidad es la capacidad de comportarse de forma puramente intuitiva, perderse en la intuición y sustraer el conocimiento, que en su origen existe solo para servir a la voluntad, a esa servidumbre; es decir, perder totalmente de vista su interés, su querer y sus fines, y luego desprenderse totalmente por un tiempo de la propia personalidad, para quedar como puro sujeto cognoscente, claro ojo del mundo: y ello, no instantáneamente sino de forma tan sostenida y con tanto discernimiento como sea necesario para reproducir lo captado a través de un arte reflexivo y «fijar en pensamientos verdaderos lo que está suspendido en el fluctuante fenómeno»[151]. — Es como si para que surgiera el genio en un individuo, en él tuviera que recaer una medida de fuerza cognoscitiva que superase ampliamente la requerida para el servicio de una voluntad individual; ese exceso de conocimiento que queda libre se convierte entonces en sujeto depurado de voluntad, en claro espejo de la esencia del mundo. — Así se explica la vivacidad, rayana en la inquietud, de los individuos geniales, ya que el presente raras veces les puede satisfacer porque no llena su conciencia: eso les otorga aquella incansable aplicación, aquella incesante búsqueda de lo nuevo y de la consideración de objetos dignos, y luego también el anhelo, casi nunca satisfecho, de seres semejantes a ellos, que estén a su altura, con los que comunicarse; mientras que el vulgar hijo de la tierra, totalmente lleno y satisfecho con el vulgar presente, queda absorbido por él y luego halla por todas partes a sus iguales, encontrando aquella especial comodidad en la vida diaria que le es negada al genio. — Se ha reconocido como un componente esencial de la genialidad la fantasía, e incluso a veces se las ha considerado idénticas: lo primero, con razón; lo segundo, sin ella. Los objetos del genio en cuanto tal son las ideas eternas, las persistentes formas esenciales del mundo y de todos sus fenómenos, pero la idea es necesariamente intuitiva y no abstracta; por esa razón, el conocimiento del genio estaría limitado a las ideas de los objetos realmente presentes a su persona y dependería del encadenamiento de las circunstancias que le condujeran a ellas, si no fuera porque la fantasía amplía su horizonte mucho más allá de la realidad de su experiencia personal, poniéndole en situación de, a partir de lo poco que llega a su percepción real, construir todo lo demás, y permitiendo que pasen ante él casi todas las imágenes posibles de la vida. Además, los objetos reales son casi siempre simples ejemplares sumamente defectuosos de las ideas que en ellos se representan: por eso el genio necesita la fantasía para ver en las cosas no lo que la naturaleza ha producido realmente en ellas, sino lo que se esforzaba por producir, aunque no lo llevó a cabo debido a la lucha entre sus formas mencionada en el libro anterior. Volveremos sobre esto más adelante, cuando examinemos la escultura. Así pues, la fantasía amplía el horizonte del genio, tanto cualitativa como cuantitativamente, más allá de los objetos que se presentan en la realidad a su persona. Por esa razón, una inusual fuerza de la fantasía es compañera e incluso condición de la genialidad. Pero aquella no es evidencia de esta; antes bien, incluso los hombres que tienen muy poco de genios pueden poseer mucha fantasía. Pues así como se puede considerar un objeto real de dos formas opuestas: de manera puramente objetiva, genial y captando su idea, o bien de forma vulgar, solo en sus relaciones con otros objetos y con la propia voluntad según el principio de razón, también podemos intuir una imagen de la fantasía de dos maneras: considerada del primer modo, es un medio para el conocimiento de la idea que la obra de arte comunica: en el segundo caso, la imagen de la fantasía se emplea para construir castillos en el aire que agradan, engañan momentáneamente y deleitan el egoísmo y el propio capricho; en tal caso, solo se pueden conocer las relaciones de las imágenes asociadas. El que practica ese juego es un fantasioso: fácilmente mezclará las imágenes con las que se deleita a solas con la realidad, y de este modo se hará inútil para esta: quizá pondrá por escrito los juegos de prestidigitación de su fantasía como hacen las novelas vulgares de todos los géneros que distraen a sus iguales y al gran público, ya que los lectores sueñan que se encuentran en el lugar del héroe y hallan entonces la exposición muy «íntima».


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