El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Hemos de guardarnos del gran equÃvoco de pensar que, puesto que la intuición está mediada por el conocimiento de la causalidad, entre objeto y sujeto existe una relación de causa y efecto; porque esta solo se da entre el objeto inmediato y el mediato, o sea, únicamente entre objetos. Precisamente en aquel falso supuesto se basa la necia polémica sobre la realidad del mundo externo en la que se enfrentan dogmatismo y escepticismo, apareciendo aquel unas veces como realismo y otras como idealismo. El realismo pone el objeto como causa y coloca su efecto en el sujeto. El idealismo de Fichte convierte el objeto en efecto del sujeto. Pero dado que —cosa en la que nunca se insistirá bastante— entre sujeto y objeto no puede haber ninguna relación según el principio de razón, tampoco podÃa nunca demostrarse ni una ni la otra de las dos afirmaciones, y el escepticismo lanzó sobre ambas ataques victoriosos. — En efecto, igual que la ley de causalidad precede a la intuición y la experiencia en cuando condición de las mismas, y por eso no podemos conocerla a partir de ellas (como pensaba Hume), también objeto y sujeto, en cuanto condición primera, preceden a todo conocimiento y, por lo tanto, también al principio de razón en general; porque este no es más que la forma de todo objeto, el general modo y manera de su fenómeno; pero el objeto siempre supone el sujeto: entre ambos no puede, pues, existir una relación de razón y consecuencia. Mi tratado sobre el principio de razón ha de demostrar precisamente eso, presentando el contenido de aquel principio como la forma esencial de todo objeto, es decir, como la forma general de todo ser objetivo, como algo que conviene al objeto como tal: pero el objeto en cuanto tal supone siempre el sujeto como su correlato necesario: este queda, pues, fuera del ámbito de validez del principio de razón. La disputa acerca de la realidad del mundo externo se debe precisamente al hecho de haber extendido falsamente hasta el sujeto la validez del principio de razón; y, al partir de ese equÃvoco, nunca pudo entenderse a sà misma. Por una parte, el dogmatismo realista, al considerar la representación como efecto del objeto, pretende separar la representación y el objeto, que son una misma cosa, y suponer una causa de la representación totalmente distinta, un objeto en sà independiente del sujeto: algo del todo impensable: pues ya en cuanto objeto supone siempre a su vez el sujeto y sigue siendo siempre su mera representación. A él se opone el escepticismo, bajo el mismo falso supuesto de que en la representación solo se tiene el efecto, no la causa, o sea, que no se conoce nunca el ser de los objetos sino únicamente su actuar; pero puede que este no tenga semejanza alguna con aquel, o incluso que sea asumido falsamente, dado que la ley de causalidad solo se toma de la experiencia, cuya realidad ha de basarse a su vez en ella. — A ambos conviene enseñarles, en primer lugar, que objeto y representación son lo mismo; luego, que el ser de los objetos intuidos es precisamente su actuar, que en este consiste la realidad de las cosas, y que pretender la existencia del objeto fuera de la representación del sujeto y un ser de la cosa real distinto de su actuar no tiene sentido y es una contradicción; que, por esa razón, el conocimiento del modo de acción de un objeto intuido lo agota en la medida en que es objeto, o sea, representación, ya que fuera de eso no queda en él nada para el conocimiento. En esa medida, el mundo intuido en el espacio y el tiempo, que se manifiesta como pura causalidad, es totalmente real y es aquello para lo que se da; y se da plenamente y sin reservas como representación que se enlaza según la ley de la causalidad. Esta es su realidad empÃrica. Mas, por otra parte, toda causalidad existe solo en y para el entendimiento, asà que todo aquel mundo real, es decir, activo, en cuanto tal está siempre condicionado por el entendimiento y no es nada sin él. Pero no solo por eso, sino ya porque en general no se puede pensar sin contradicción un objeto sin sujeto, hemos de negar la realidad del mundo externo en el sentido en que la interpreta el dogmático: como su independencia respecto del sujeto. Todo el mundo de los objetos es y sigue siendo representación, y justamente por eso está condicionado por el sujeto absoluta y eternamente: es decir, tiene idealidad transcendental. Mas no por ello es engaño ni ilusión: se da como lo que es, como representación y, por cierto, como una serie de representaciones cuyo nexo común es el principio de razón. Ese mundo es en cuanto tal comprensible para el sano entendimiento incluso en su más Ãntima significación y habla un lenguaje totalmente claro para él. Solo al espÃritu desviado por los sofismas se le puede ocurrir disputar acerca de su realidad, cosa que siempre se produce debido a una incorrecta aplicación del principio de razón, que vincula en sà todas las representaciones de cualquier clase, pero nunca estas con el sujeto o con algo que no sea sujeto ni objeto, sino mera razón del objeto; algo inconcebible, porque solo los objetos pueden ser razón y solo pueden serlo a su vez de objetos. — Cuando se investiga con más exactitud el origen de esa cuestión de la realidad del mundo externo, se descubre que a aquella falsa aplicación del principio de razón a lo que queda fuera de su ámbito se añade además una especial confusión de sus formas: en concreto, aquella forma que se refiere solamente a los conceptos o representaciones abstractas es trasladada a las representaciones intuitivas u objetos reales, y se exige una razón del conocer de los objetos, que no pueden tener más que una razón del devenir. Sobre las representaciones abstractas, los conceptos que se unen en juicios, el principio de razón rige de modo que cada uno de ellos recibe su valor, su validez y toda su existencia, denominada aquà verdad, única y exclusivamente de la relación del juicio con algo exterior a él, su razón cognoscitiva, a la que ha de ser siempre remitido. En cambio, sobre los objetos reales, las representaciones intuitivas, el principio de razón no rige como principio de razón del conocer sino del devenir, como ley de la causalidad: cada uno de ellos le ha liquidado ya su deuda por el hecho de haber llegado a ser, es decir, de haber surgido como efecto de una causa: asà pues, la exigencia de una razón cognoscitiva no tiene aquà validez ni sentido sino que pertenece a una clase de objetos totalmente distinta. De ahà que el mundo intuitivo, mientras se permanece en él, no suscite dudas ni escrúpulos en el observador: no hay aquà error ni verdad: estos se hallan encerrados en el ámbito de lo abstracto, de la reflexión. Aquà el mundo está abierto al sentido y al entendimiento, se ofrece con una ingenua verdad como aquello que es: como representación intuitiva que se desarrolla regularmente al hilo de la causalidad.
