El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Si consideramos la arquitectura como arte bella, prescindiendo de su destino a fines útiles en los que sirve a la voluntad y no al conocimiento puro no siendo ya arte en nuestro sentido, no podemos adjudicarle otro fin más que el de llevar a una clara intuición algunas de aquellas ideas que constituyen los grados inferiores de objetividad de la voluntad, a saber, gravedad, cohesión, rigidez, dureza: esas propiedades generales de la piedra, esas primeras, más simples y sordas visibilidades de la voluntad, los bajos fundamentales de la naturaleza; y luego, junto a ellas, la luz, que en muchas partes es un opuesto de aquellas. Incluso en esos niveles profundos de objetividad de la voluntad vemos ya revelarse su esencia en la discordia: pues en verdad, la lucha entre gravedad y rigidez es la única materia estética de la arquitectura bella: su tarea es resaltarla con total claridad de distintas maneras. Y la resuelve privando a aquellas fuerzas incompatibles del camino más corto para su satisfacción y haciéndoles esperar mediante un rodeo, con lo que la lucha se prolonga y el inagotable afán de ambas fuerzas se hace visible de diversas formas. — Abandonada a su tendencia originaria, toda la masa del edificio se presentaría como un simple conglomerado unido tan firmemente como fuera posible a la Tierra, a la que le atraería sin cesar la gravedad, que es como aquí se manifiesta la voluntad, mientras que la rigidez, también objetividad de la voluntad, presentaría resistencia. Pero precisamente la arquitectura impide a esa inclinación o afán una satisfacción inmediata, no permitiéndole más que una mediata, a través de rodeos. Así, por ejemplo, las vigas no pueden gravitar sobre la tierra más que a través de las columnas; la bóveda ha de sustentarse a sí misma y su atracción hacia la masa terrestre solo puede satisfacerse a través de los pilares, etc. Pero precisamente por esos rodeos forzados y esos obstáculos se despliegan de la forma más clara y variada aquellas fuerzas interiores de la ruda masa pétrea: y más allá no puede ir la finalidad puramente estética de la arquitectura. Por eso la belleza de un edificio se halla en la manifiesta adecuación de cada parte, no a la arbitraria finalidad externa del hombre (en esta medida la obra pertenece a la arquitectura útil), sino directamente a la existencia del conjunto, con el cual la posición, tamaño y forma de cada parte han de mantener una proporción tan necesaria que, cuando esta se hace posible, si se quitara alguna de las partes tendría que derrumbarse el conjunto. Pues solo en cuanto cada parte soporta tanto como puede y cada apoyo está exactamente en el lugar y cantidad en que ha de estar, se despliega en su más perfecta visibilidad aquella rivalidad, aquella lucha entre rigidez y gravedad que constituye la vida de la piedra, las manifestaciones de su voluntad, y se revelan claramente los grados más profundos de la objetividad de la voluntad. Del mismo modo, también la forma de cada parte ha de estar determinada por su fin y su relación con el todo, y no de forma arbitraria. La columna es la más simple forma de soporte, determinada únicamente por el fin: la columna retorcida es de mal gusto: el pilar cuadrado es de hecho menos simple, aunque casualmente más fácil de hacer, que la columna redonda. También las formas del friso, la viga, el arco y la cúpula están completamente determinados por su fin inmediato y se explican por sí mismos. Las ornamentaciones de los capiteles, etc., pertenecen a la escultura, no a la arquitectura, que simplemente los permite como adornos añadidos y también podría eliminarlos. — Conforme a lo dicho, para la comprensión y el disfrute estético de una obra de la arquitectura es indispensable poseer un inmediato conocimiento intuitivo de su materia en lo que a su peso, rigidez y cohesión respecta, y nuestro placer en una obra tal disminuiría repentinamente si descubriéramos que el material constructivo era piedra pómez: pues entonces nos parecería un edificio de pega. Casi el mismo efecto tendría el enterarnos de que era de madera cuando lo suponíamos de piedra, precisamente porque eso modifica y disloca la relación entre rigidez y gravedad, y con ella el significado y necesidad de todas las partes, ya que aquellas fuerzas naturales se revelan de forma mucho más débil en los edificios de madera. De ahí que no pueda hacerse ninguna obra de arte arquitectónico de madera, por mucho que esta asuma todas las formas: esto solo se puede explicar con mi teoría. Si, finalmente se nos dijera que el edificio cuya vista nos complace está compuesto de materiales totalmente distintos de desigual peso y consistencia, aunque no se pueden distinguir a simple vista, nos resultaría tan imposible disfrutar el edificio como un poema escrito en un lenguaje desconocido. Todo esto demuestra que la arquitectura no actúa de forma simplemente matemática sino dinámica, y que lo que nos habla a través de ella no es acaso la mera forma y simetría sino aquellas fuerzas fundamentales de la naturaleza, aquellas ideas primeras, aquellos grados inferiores de objetividad de la voluntad. — La regularidad del edificio y sus partes está causada en parte por la adecuación inmediata de cada elemento a la existencia del conjunto y en parte sirve para facilitar la visión y comprensión de conjunto, al tiempo que, por último, las figuras regulares contribuyen a su belleza revelando la regularidad del espacio en cuanto tal. Pero todo eso es de un valor y necesidad secundarios, y en modo alguno lo principal, ya que ni siquiera la simetría se requiere de forma inflexible, pues también las ruinas son bellas.


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