El mundo como voluntad y representacion I

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§ 46

Es evidente que Laocoonte, en el famoso grupo escultórico, no grita; y la extrañeza general y reiterada al respecto ha de venir de que en su situación todos gritaríamos: y así lo exige también la naturaleza; porque en el caso de un intenso dolor físico y de la repentina angustia corporal que surge, toda reflexión capaz de provocar una callada resignación es totalmente desplazada de la conciencia, y la naturaleza se desahoga gritando, con lo que al mismo tiempo expresa el dolor y la angustia, llama al salvador y espanta al agresor. De ahí que ya Winckelmann echara en falta la expresión del grito: pero al intentar justificar al artista, hizo de Laocoonte un estoico que no consideraba propio de su dignidad gritar secundum naturam sino que a su dolor añadió además la inútil violencia de contener su exteriorización: Winckelmann ve así en él «el probado espíritu de un gran hombre que lucha contra el tormento e intenta reprimir la expresión de su sensación y cerrarse en sí mismo: no rompe en un fuerte grito, como en Virgilio, sino que de él salen únicamente temerosos suspiros», etc. (Obras, vol. 7, p. 98. — Lo mismo aparece con más detalle en el vol. 6, pp. 104 ss.). Esta opinión de Winckelmann la criticó después Lessing en su Laocoonte, corrigiéndola de la forma antes indicada: en el lugar de la razón psicológica colocó una puramente estética: que la belleza, el principio del arte antiguo, no admite la expresión del grito. Otro argumento que añade, el de que en una obra de arte inmóvil no se puede representar un estado totalmente pasajero e incapaz de durar, tiene en su contra cientos de ejemplos de excelentes figuras fijadas en movimientos totalmente efímeros: danzando, luchando, corriendo, etc. Incluso Goethe, en el artículo sobre Laocoonte que abre los Propileos (p. 8), considera necesaria la elección de tal momento pasajero. — En nuestros días Hirt (Horas, 1797, 7), reduciéndolo todo a la suprema verdad de la expresión, reduce la cuestión a que Laocoonte no grita porque, estando a punto de morir ahogado, no puede ya gritar. Finalmente, Fernow (Estudios sobre Roma, vol. 1, pp. 426 s.) ha discutido y ponderado aquellas tres opiniones pero no ha añadido él mismo una nueva sino que ha buscado un punto medio y conciliado las tres.


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