El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Antes de cualquier investigación psicológica y fisiológica sobre si Laocoonte gritaría o no en su situación, lo cual, por otra parte, yo afirmaría rotundamente, hay que resolver con respecto al grupo escultórico que en él no se puede representar el grito por la sola razón de que su representación queda fuera del ámbito de la escultura. En mármol no se podía crear un Laocoonte gritando sino solo abriendo la boca y esforzándose inútilmente por gritar; un Laocoonte en el que la voz quedaría prendida en la garganta, vox faucibus haesit[171]. La esencia del grito, y por consiguiente también su efecto en el espectador, se encuentra exclusivamente en el sonido y no en abrir la boca. Este último fenómeno, acompañante necesario del grito, ha de estar motivado y justificado por el sonido que con él se produce: luego es característico, admisible y hasta necesario para la acción, aunque perjudique inmediatamente la belleza. Pero en las artes plásticas, para las que la representación del grito es totalmente ajena e imposible, sería realmente incomprensible representar la boca abierta, ese forzado medio del grito que altera todos los rasgos y el resto de la expresión; porque entonces se pondría a la vista un medio que exige sacrificar muchos otros aspectos, mientras que faltaría su fin, el grito mismo, junto con su efecto en el ánimo. E incluso, lo que es más, se produciría la ridícula visión de un continuo esfuerzo sin efecto, realmente comparable al que produciría un bromista que taponara con cera la trompa del vigilante dormido y luego le despertara con la alarma de fuego y se divirtiera con sus infructuosos esfuerzos por tocar. — En cambio, cuando la representación del grito se halla dentro del ámbito del arte representativo resulta totalmente admisible porque contribuye a la verdad, es decir, a la completa representación de la idea. Ese es el caso de la poesía, que utiliza la fantasía del lector para la representación intuitiva: por eso en Virgilio Laocoonte grita como un toro que se desata después de que le ha alcanzado el hacha: por eso Homero (II. XX, 48-53) hace gritar de forma espantosa a Marte y Minerva, sin perjuicio de su dignidad y belleza divinas. Lo mismo ocurre en el drama: en el escenario Laocoonte tiene, desde luego, que gritar; también Sófocles presenta a Filoctetes gritando y en los antiguos escenarios habrá gritado realmente. Recuerdo un caso muy parecido, en Londres, cuando vi al famoso actor Kemble en la obra Pizarro, traducida del alemán, representando el papel del americano Rolla, un hombre medio salvaje pero de noble carácter: cuando resultó herido gritó fuerte y violentamente, lo cual tuvo un enorme y excelente efecto ya que, al ser sumamente característico, contribuía a la verdad. — En cambio, un grito mudo pintado o esculpido sería todavía más ridículo que la música pintada, ya censurada por Goethe en los Propileos; porque el grito perjudica la restante expresión y la belleza mucho más que la música, la cual la mayoría de las veces solo ocupa las manos y los brazos, y puede considerarse como una acción característica de la persona; en esa medida puede ser retratada con total conveniencia siempre que no requiera ningún movimiento corporal violento ni mueca de la boca: así, por ejemplo, santa Cecilia en el órgano, el violinista de Rafael en la galería Sciarra de Roma, etc. — Así pues, dado que los límites del arte impedían que el dolor de Laocoonte se expresa en un grito, el artista tuvo que poner en funcionamiento cualquier otra expresión del mismo: y lo logró con la mayor perfección, tal y como lo expone magistralmente Winckelmann (Obras, vol. 6, pp. 104 ss.), cuya excelente descripción conserva todo su valor y verdad en cuanto se hace abstracción de su sentido estoico[172].


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker