El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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§ 49

Todas nuestras consideraciones anteriores acerca del arte se fundamentan en la verdad de que el objeto del mismo, cuya representación constituye el fin del artista —por lo que en este el conocimiento ha de preceder a la obra como su germen y origen—, es una idea en el sentido platónico y ninguna otra cosa: no la cosa individual, objeto de la captación común; tampoco el concepto, objeto del pensamiento racional y la ciencia. Aunque idea y concepto coinciden en representar en cuanto unidades una pluralidad de cosas reales, la gran diversidad de ambos se habrá hecho clara y evidente a partir de lo dicho en el libro primero sobre el concepto y en el presente sobre la idea. Sin embargo, no pretendo afirmar en modo alguno que ya Platón hubiera captado netamente esa diferencia: antes bien, algunos de sus ejemplos de ideas y de sus explicaciones sobre ellas son aplicables sin más a los conceptos. Entretanto, dejamos eso como está y continuamos nuestro propio camino, contentos de pisar las huellas de un grande y noble espíritu pero no persiguiendo sus pisadas sino nuestro propio fin. — El concepto es abstracto, discursivo, totalmente indeterminado dentro de su esfera, definido solo en sus límites, accesible y comprensible para cualquiera que simplemente esté dotado de razón, transmisible en palabras sin ulterior mediación y susceptible de agotarse en su definición. Por el contrario, la idea, que ha de definirse siempre como representante adecuada del concepto, es plenamente intuitiva y, aunque representa una cantidad infinita de cosas individuales, está completamente determinada: nunca es conocida por el individuo en cuanto tal sino solo por aquel que se ha elevado por encima de todo querer y toda individualidad, erigiéndose en sujeto puro de conocimiento: así pues, solo resulta accesible al genio y después al que se encuentra en un estado de ánimo genial gracias al incremento de su capacidad cognoscitiva pura, causado la mayoría de las veces por las obras del genio: de ahí que no sea transmisible en sentido propio sino solo de forma condicionada, ya que la idea captada y reproducida en la obra de arte no habla a cada cual más que en la medida de su valor intelectual; precisamente por eso las obras más excelentes de cada arte, las más nobles producciones del genio, tienen que permanecer como libros eternamente cerrados para la torpe mayoría de los hombres y les resultan totalmente inasequibles, separadas de ellos por un amplio abismo, como inasequible es para el populacho el trato con el príncipe. Ciertamente, hasta los más vulgares dan validez por autoridad a las grandes obras reconocidas a fin de no delatar su propia debilidad: sin embargo, siempre están secretamente dispuestos a expresar su juicio de condena en cuanto se les da la esperanza de hacerlo sin comprometerse; y entonces se desahoga de buena gana su odio largamente contenido hacia todo lo grande y bello, que nunca les agradó y precisamente por eso les humillaba, así como hacia su autor. Pues, en general, para reconocer y admitir voluntaria y libremente el valor ajeno, es necesario tenerlo uno mismo. En eso se funda la necesidad de la modestia cuando se tiene mérito, así como la desproporcionada fama de esa virtud, la única de entre todas sus hermanas que siempre añade a su elogio cualquiera que se atreva a alabar a un hombre destacado en algo, a fin de aplacar la ira del demérito. ¿Pues qué es esa modestia más que la fingida humildad con la que, en un mundo rebosante de infame envidia, se pretende mendigar el perdón por la ventaja y el mérito a quienes carecen de ellos? Pues el que no se arroga ninguno porque no lo tiene, no es modesto sino simplemente honrado.


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