El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Si el fin de todo arte es comunicar la idea captada que, precisamente al ser transmitida por el espÃritu del artista, en el que aparece depurada y aislada de todo elemento extraño, se hace concebible al que posee la más débil sensibilidad y ninguna productividad; y si además es reprobable partir del concepto en el arte, no podremos aprobar que se destine una obra de arte intencionada y declaradamente para expresar un concepto: ese es el caso de la alegorÃa. Una alegorÃa es una obra de arte que significa algo distinto de lo que representa. Pero lo intuitivo, y por lo tanto también la idea, se expresa a sà mismo de forma inmediata y perfecta, y no necesita la mediación de otra cosa que la aluda. Lo que de ese modo es aludido y representado por otra cosa, porque él mismo no puede ser trasladado a la intuición, es siempre un concepto. Por eso a través de la alegorÃa se ha de designar siempre un concepto y, por consiguiente, el espÃritu del espectador debe ser conducido desde la representación intuitiva que se le ofrece a otra totalmente distinta, abstracta y no intuitiva, que se halla totalmente fuera de la obra de arte: asà pues, el cuadro o la estatua han de hacer lo mismo que hace la escritura, solo que con mucho mayor perfección. Lo que nosotros consideramos el fin del arte: la representación de la idea que solo se puede captar intuitivamente, no constituye aquà el fin. Para el propósito que aquà se persigue no se requiere una gran perfección en la obra de arte sino que basta con ver de qué cosa se trata; y luego, en cuanto se ha descubierto, se logra el fin y el espÃritu es conducido a una representación de distinta clase, a un concepto abstracto, que era el objetivo propuesto. En consecuencia, las alegorÃas en las artes plásticas no son más que jeroglÃficos: el valor artÃstico que por lo demás puedan tener en cuanto representaciones intuitivas no les corresponde como alegorÃas sino de otro modo. Que La noche de Correggio, El genio de la fama de AnÃbal Carracci y Las horas de Poussin son cuadros de suma belleza, hay que separarlo del hecho de que son alegorÃas. En cuanto tales no rinden más que una inscripción o todavÃa menos. Recordemos aquà la distinción que antes establecimos entre el significado real y nominal de un cuadro. El nominal es aquà lo alegórico en cuanto tal, por ejemplo, el genio de la fama; el real, lo verdaderamente representado: aquÃ, un bello joven alado en torno al cual revolotean bellos muchachos: esto expresa la idea: pero ese significado real solo tiene efecto mientras olvidamos el nominal o alegórico: si se piensa en este, se abandona la intuición y un concepto abstracto ocupa el espÃritu: mas el paso de la idea al concepto es siempre una caÃda. Con frecuencia aquel significado nominal, aquella intención alegórica, va incluso en detrimento del significado real, de la verdad intuitiva: asÃ, por ejemplo, la antinatural iluminación de la noche por parte de Correggio, la cual, aunque bellamente ejecutada, tiene un motivo meramente alegórico y resulta imposible en la realidad. Asà pues, si un cuadro alegórico posee valor artÃstico, es al margen e independientemente de lo que ofrece como alegorÃa: tal obra de arte sirve a dos fines simultáneos: la expresión de un concepto y la de una idea: solo el último puede ser un fin artÃstico; el otro es un fin ajeno: el juego placentero de hacer que un cuadro sirva al mismo tiempo de inscripción, de jeroglÃfico; un juego inventado a favor de aquellos a los que nunca les puede agradar la esencia del arte. Ocurre con eso como cuando una obra de arte es al mismo tiempo una herramienta útil que sirve a dos fines: por ejemplo, una estatua que al mismo tiempo es un candelabro o una cariátide, o un bajorrelieve que es a la vez el escudo de Aquiles. Los verdaderos aficionados al arte no consentirán ni lo uno ni lo otro. Ciertamente, una imagen alegórica puede producir, precisamente en calidad de tal, una viva impresión en el ánimo: pero el mismo efecto tendrÃa en iguales circunstancias una inscripción. Por ejemplo, si en el ánimo de un hombre está firme y continuamente arraigado el deseo de fama, considerándola como una legÃtima pertenencia suya que solo le será retenida mientras no haya documentado su propiedad, y se coloca ante el genio de la fama con su corona de laurel, entonces se le excita el ánimo y sus fuerzas son llamadas a actuar: pero lo mismo ocurrirÃa si de repente viera pintada en la pared, grande y clara, la palabra «fama». O si un hombre ha anunciado una verdad que es importante como enunciado para la vida práctica o como conocimiento para la ciencia, pero nadie le ha dado crédito, sobre él tendrá un poderoso efecto un cuadro alegórico representando el tiempo que levanta el velo y deja ver la verdad desnuda: pero lo mismo harÃa la divisa «Le temps découvre la vérité»[179]. Pues lo que aquà actúa en realidad es el concepto abstracto, no lo intuido.
