El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I La revelación de aquella idea que constituye el grado superior de objetivación de la voluntad, la representación del hombre en la serie conexa de sus esfuerzos y acciones es, pues, el gran tema de la poesÃa. — Ciertamente, también la experiencia y la historia dan a conocer al hombre, pero más frecuentemente a los hombres que al hombre: es decir, dan noticias empÃricas de la conducta de los hombres entre sÃ, de las cuales surgen reglas para el comportamiento propio, más que permitir una mirada profunda en la esencia interior del hombre. Pero tampoco esto queda en modo alguno excluido por ellas: sin embargo siempre que es la esencia de la humanidad misma lo que se nos abre en la historia o en la propia experiencia, es porque nosotros hemos captado esta y el historiador aquella con ojos artÃsticos o poéticos, es decir, hemos captado la idea y no el fenómeno, la esencia interior y no las relaciones. La propia experiencia es condición indispensable para la comprensión de la poesÃa como de la historia: pues ella es como el diccionario del lenguaje que ambas hablan. Pero la historia es a la poesÃa lo que la pintura retratista a la histórica: aquella ofrece la verdad en lo individual, esta en lo universal: aquella tiene la verdad del fenómeno y puede autentificarla por él, esta tiene la verdad de la idea que no se puede encontrar en ningún fenómeno individual pero habla desde todos ellos. El poeta presenta de forma selectiva e intencionada caracteres significativos en situaciones significativas: el historiador toma ambos como vienen. Incluso tiene que examinar y seleccionar los acontecimientos y las personas no según su significación interior y auténtica, que es la que expresa la idea, sino según la significación exterior aparente y relativa, que tiene importancia para las conexiones y las consecuencias. Él no puede considerar nada en y por sà mismo, en su carácter y expresión esenciales, sino que ha de examinarlo todo según la relación, en el encadenamiento, en la influencia sobre lo siguiente y en especial sobre su propia época. Por eso no pasará por alto una acción de poca importancia, o incluso vulgar en sà misma, de un rey: pues tiene consecuencias e influencia. En cambio, no menciona las acciones de suma importancia intrÃnseca que realicen los individuos destacados si no tienen consecuencias ni influencia. Pues su consideración sigue el principio de razón y se aferra al fenómeno del que aquel es forma. Sin embargo, el poeta capta la idea, la esencia de la humanidad, fuera de toda relación y de todo tiempo, la adecuada objetivación de la cosa en sà en su grado superior. Aunque ni siquiera en aquella forma de consideración necesaria para el historiador se puede perder del todo la esencia interna, la significación de los fenómenos, el núcleo de todas aquellas cáscaras, pudiéndose todavÃa encontrar y conocer al menos por aquel que lo busca, no obstante lo que es significativo en sà y no en la relación, el verdadero despliegue de la idea, se puede encontrar con mucho mayor acierto y corrección en la poesÃa que en la historia; de ahà que, por paradójico que suene, tengamos que atribuir a aquella mucha más verdad auténtica e interna. Pues el historiador ha de seguir el acontecimiento histórico en exacta conformidad con la vida, tal y como se desarrolla en el tiempo dentro de la enredada cadena de razones y consecuencias; mas es imposible que para ello haya estado en posesión de todos los datos, que haya visto y se haya enterado de todo: a cada momento le abandona el original de su cuadro o se le introduce uno falso, y ello con tanta frecuencia que creo poder suponer que en toda historia existe más de falso que de verdadero. En cambio, el poeta ha captado la idea de la humanidad desde un determinado aspecto, precisamente el que ha de representar, y lo que en ella se le objetiva es la esencia de su propio yo: su conocimiento es, como antes se expuso con ocasión de la escultura, mitad a priori: ante su espÃritu se encuentra su modelo firme, claro y bien iluminado, sin que pueda abandonarlo: por eso en el espejo de su espÃritu nos muestra la idea pura y clara, y su descripción es hasta en el detalle verdadera como la vida misma[188]. Los grandes historiadores antiguos son poetas en los detalles en que les faltan datos, por ejemplo, en los discursos de sus héroes; incluso todo su tratamiento de la materia se aproxima al de la épica: eso da unidad a sus exposiciones y les permite conservar la verdad interna incluso cuando la externa no les era accesible o estaba falseada: y si hace un momento comparamos la historia con la pintura retratista, en oposición a la poesÃa que corresponderÃa a la pintura histórica, encontramos que también los historiadores antiguos siguen la sentencia de Winckelmann de que el retrato ha de ser el ideal del individuo, ya que presentan el detalle de modo que en él resalta el aspecto de la idea de humanidad que ahà se expresa: por el contrario, los modernos, con excepción de unos pocos, no ofrecen la mayorÃa de las veces más que «un tonel de basura y un trastero, y a lo sumo una acción principal y de Estado»[189].— Asà pues, a quien quiera conocer la humanidad en su esencia interna idéntica en todos los fenómenos y desarrollos, en su idea, las obras de los grandes poetas inmortales le presentarán una imagen más fiel y clara que la que puedan nunca ofrecerle los historiadores: pues ni los mejores entre estos son ni de lejos los primeros como poetas, y tampoco tienen las manos libres. La relación que tienen ambos a este respecto se puede explicar con el siguiente sÃmil. El mero historiador que trabaja exclusivamente con los datos se asemeja a aquel que, sin conocimiento alguno de matemáticas, partiendo de unas figuras descubiertas al azar, investiga sus relaciones midiéndolas, dato este que, al ser descubierto empÃricamente, adolece de los mismos defectos que la figura dibujada: el poeta, en cambio, se asemeja al matemático, que construye a priori en la intuición pura aquellas relaciones y las formula, no tal como las posee en realidad la figura dibujada, sino tal como son en la idea que el dibujo debe simbolizar. — Por eso dice Schiller: