El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Por lo que concierne más directamente a la técnica de la tragedia, quisiera permitirme una sola observación. Solamente la representación de una gran desgracia es esencial a la tragedia. Pero los muchos y diferentes caminos que adopta el poeta para llevarla a cabo se pueden agrupar en tres clases. Puede hacerse, en efecto, por medio de un carácter de maldad extraordinaria y rayana en los límites de la posibilidad, que es el autor de la desgracia; son ejemplos de esta clase: Ricardo III, Yago en Otelo, Shylock en El mercader de Venecia, Franz Moor, la Fedra de Eurípides, Creonte en Antígona, etc. También se puede hacer por medio del ciego destino, es decir, del azar o el error: un verdadero modelo de esta clase es Edipo rey de Sófocles, Las Tarquinias y en general la mayoría de las tragedias antiguas; algunos ejemplos de las modernas son: Romeo y Julieta, Tancredo, de Voltaire, y La novia de Mesina. Finalmente, la desgracia puede ser producida por la mera posición recíproca de los personajes, por sus relaciones; de modo que no se requiere ni un enorme error o un inaudito azar, ni tampoco un carácter cuya maldad alcance los límites de lo humano, sino que caracteres usuales en un sentido moral, en circunstancias como las que habitualmente se presentan, están colocados unos respecto de otros de tal forma que su posición les fuerza a causarse a sabiendas la mayor desgracia unos a otros sin que la injusticia esté exclusivamente de ningún lado. Este último tipo me parece que aventaja mucho a los otros dos: pues nos muestra la mayor desgracia no como una excepción, no como algo provocado por circunstancias infrecuentes o caracteres monstruosos, sino como algo que nace del obrar y el carácter de los hombres fácilmente y por sí mismo, casi como esencial a ellos; y de este modo nos lo trae a una terrible proximidad. Y si en las otras dos clases vemos el monstruoso destino y la espantosa maldad como poderes terribles pero que solo nos amenazan a una gran distancia, pudiendo muy bien escapar de ellos sin refugiarnos en la renuncia, este último género nos muestra unos poderes destructores de la felicidad y la vida que tienen abierto en cualquier momento el camino hacia nosotros; nos pone ante la vista el sufrimiento máximo, producido por combinaciones de circunstancias que en esencia también podrían formar parte de nuestro destino y por acciones que quizás también nosotros seríamos capaces de hacer, así que no podríamos quejarnos de la injusticia: entonces nos estremecemos y nos sentimos ya en el infierno. La ejecución de este último tipo presenta la mayor dificultad, ya que aquí hay que producir el máximo efecto con el mínimo despliegue de medios y causas motoras, simplemente a través de su posición y distribución: de ahí que esa dificultad se eluda hasta en las mejores tragedias. Sin embargo, como perfecto modelo de esa clase hay que mencionar una obra que en otros aspectos es ampliamente superada por otras muchas del mismo gran maestro: me refiero a Clavigo. Hamlet pertenece en cierta medida a esta clase, si nos atenemos únicamente a su relación con Laertes y Ofelia; también Wallenstein tiene ese privilegio; Fausto es plenamente de ese tipo si consideramos como acción principal los acontecimientos con Margarita y su hermano; lo mismo ocurre con El Cid de Corneille, solo que a esta le falta el desenlace trágico que sí tiene, en cambio, la relación análoga de Max con Tecla[196].


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