El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Que la voluntad en cuanto tal es libre se infiere ya de que, en nuestra opinión, es la cosa en sí, el contenido de todo fenómeno. Este, en cambio, lo conocemos como sometido sin excepción al principio de razón en sus cuatro formas: y puesto que sabemos que necesidad es lo mismo que consecuencia a partir de una razón dada y que ambos son conceptos intercambiables, todo lo que pertenece al fenómeno, es decir, que es objeto para el sujeto que conoce como individuo, es, por una parte, razón y, por otra, consecuencia; y en calidad de esta última está siempre necesariamente determinada, por lo que no puede en ningún respecto ser distinta de lo que es. Todo el contenido de la naturaleza, todos sus fenómenos, son, pues, absolutamente necesarios; y la necesidad de cada parte, de cada fenómeno, de cada acontecimiento, se puede siempre demostrar, ya que siempre se tiene que poder encontrar la razón de la que se sigue como consecuencia. Esto no sufre ninguna excepción: se sigue de la ilimitada validez del principio de razón. Pero, por otra parte, para nosotros este mismo con todos sus fenómenos es objetividad de la voluntad que, al no ser ella misma fenómeno ni representación u objeto sino cosa en sí, tampoco está sometida al principio de razón, la forma de todo objeto; así que no está determinada por una razón como su consecuencia, luego no conoce la necesidad, es decir, es libre. Así pues, el concepto de libertad es en realidad negativo, ya que su contenido es la mera negación de la necesidad, es decir, de la relación de la consecuencia con la razón de acuerdo con el principio de razón. — Aquí se nos presenta con la máxima claridad el punto de unión de aquella gran contraposición, la conciliación de la libertad con la necesidad, de la que en época reciente, que yo sepa, todavía no se ha hablado clara ni adecuadamente. Todas las cosas son en cuanto fenómenos, en cuanto objetos, absolutamente necesarias: pero esas mismas cosas son en sí voluntad, y esta es completamente libre por toda la eternidad. El fenómeno, el objeto, está necesaria e invariablemente determinado dentro del encadenamiento de razones y consecuencias, que no puede sufrir ninguna interrupción. Pero la existencia en general de ese objeto y la forma de su existencia, es decir, la idea que se revela en él o, en otras palabras, su carácter, es fenómeno inmediato de la voluntad. Así pues, y de acuerdo con la libertad de la voluntad, ese carácter podría no existir o ser originaria y esencialmente distinto; y entonces toda la cadena de la que es miembro y que es ella misma fenómeno de la misma voluntad, sería totalmente distinta: pero una vez que existe y ha entrado en la serie de las razones y consecuencias, se halla siempre necesariamente determinada dentro de ella y no puede, por consiguiente, ni hacerse otra, es decir, cambiar, ni salir de la serie, esto es, desaparecer. El hombre es, como todas las demás partes de la naturaleza, objetividad de la voluntad: por eso todo lo dicho vale también de él. Así como cada cosa de la naturaleza posee sus fuerzas y cualidades que reaccionan de forma determinada a determinadas influencias y constituyen su carácter, también él tiene su carácter, a partir del cual los motivos suscitan las acciones con necesidad. En ese modo de actuar se revela su carácter empírico, y en este a su vez su carácter inteligible, la voluntad en sí, de la que él es un fenómeno determinado. Pero el hombre es el fenómeno de la voluntad más perfecto que, como se mostró en el libro segundo, para subsistir tenía que estar iluminado por un grado de conocimiento tan alto que en él incluso se hacía posible una adecuada reproducción de la esencia del mundo bajo la forma de la representación, eso es la captación de las ideas, el puro espejo del mundo, tal y como hemos visto en el libro tercero. Así pues, en el hombre la voluntad puede alcanzar la plena autoconciencia, el claro y exhaustivo conocimiento de su propia esencia, tal y como se refleja en el mundo entero. De la existencia real de ese grado de conocimiento nace el arte, según vimos en el libro anterior. Al final de toda nuestra investigación resultará también que a través del mismo conocimiento, al referirse la voluntad a sí misma, es posible su supresión y negación de sí en el más perfecto de sus fenómenos: de modo que la libertad, que en otros casos nunca se puede mostrar en el fenómeno porque le corresponde únicamente como cosa en sí, en tal caso surge también en él y, al suprimir la esencia que fundamenta el fenómeno mientras que este perdura todavía en el tiempo, produce una contradicción del fenómeno consigo mismo y presenta de ese modo la santidad y la abnegación. Sin embargo, esto no se comprenderá del todo hasta el final de este libro. — De momento aludiremos aquí en general a cómo el hombre se diferencia de todos los demás fenómenos de la voluntad en que la libertad, es decir, la independencia respecto del principio de razón que corresponde únicamente a la voluntad en cuanto cosa en sí y contradice el fenómeno, en el caso del hombre tiene también la posibilidad de aparecer en aquel, y entonces se presenta necesariamente como una contradicción del fenómeno consigo mismo. En este sentido se puede llamar libre no solo a la voluntad sino incluso al hombre, y distinguirlo así de todos los demás seres. Pero cómo se haya de entender esto solo se podrá aclarar en lo que sigue y por ahora debemos prescindir totalmente de ello. Pues ante todo hemos de guardarnos del error de pensar que el obrar del hombre individual y determinado no está sometido a ninguna necesidad, es decir, que el poder de los motivos es menos seguro que el poder de la causa o la consecuencia del silogismo a partir de las premisas. Prescindiendo, como se dijo, del caso antes mencionado y que se ha de considerar una excepción, la libertad de la voluntad como cosa en sí no se extiende inmediatamente a su fenómeno, ni siquiera cuando este alcanza el máximo grado de visibilidad; es decir, que no se aplica al animal racional con carácter individual, a la persona. Esta nunca es libre aunque sea el fenómeno de una voluntad libre: pues es precisamente el fenómeno ya determinado de su libre querer; y al ingresar ese fenómeno en la forma de todo objeto, el principio de razón, despliega la unidad de aquella voluntad en una multiplicidad de acciones que no obstante, debido a la unidad extratemporal de aquel querer en sí mismo, se presenta con la regularidad de una ley natural. Sin embargo, puesto que es aquel querer libre lo que se hace visible en la persona y en toda su conducta, siendo a esta lo que el concepto a la definición, cada uno de sus actos individuales se ha de imputar también a la voluntad libre y como tales se presentan inmediatamente a la conciencia: de ahí que, como se dijo en el libro segundo, cada cual se considere a priori (es decir, según su sentimiento originario) libre también en sus acciones individuales, en el sentido de que en cada caso dado le sería posible cualquier acción; y solamente a posteriori, por experiencia y reflexión, se percata de que su obrar resulta necesariamente de la coincidencia del carácter con los motivos. A eso se debe que hasta el hombre más rudo, siguiendo sus sentimientos, defienda con ahínco la plena libertad de las acciones individuales, mientras que los grandes pensadores de todos los tiempos e incluso las doctrinas de fe más profundas la han negado. Pero a quien tenga claro que toda la esencia del hombre es voluntad y que él mismo no es más que fenómeno de esa voluntad, si bien tal fenómeno tiene por forma necesaria y cognoscible ya desde el propio sujeto el principio de razón, configurado en este caso como ley de la motivación, a ese le cabrá tanta duda de lo inevitable del hecho en un carácter y motivo dados, como de la equivalencia de los tres ángulos de un triángulo a dos rectos. La necesidad de la acción individual la ha demostrado suficientemente Priestley en su Doctrine of philosophical necessity; pero la coexistencia de esa necesidad con la libertad de la voluntad en sí misma, es decir, fuera del fenómeno, la ha demostrado por vez primera Kant[222], cuyo mérito es aquí especialmente grande por haber establecido la diferencia entre el carácter inteligible y el empírico; diferencia que yo conservo totalmente, puesto que el primero es la voluntad como cosa en sí, en cuanto se manifiesta en un grado determinado y en un determinado individuo; el último es ese fenómeno mismo tal y como se presenta, según el tiempo, en la conducta y según el espacio, en la corporeidad. La mejor expresión para hacer comprensible la relación entre ambos es la que ya se empleó en el tratado introductorio: que el carácter inteligible de cada hombre se ha de considerar como un acto de voluntad extratemporal, por lo tanto indivisible e inmutable, cuyo fenómeno, desarrollado y disgregado en el espacio, el tiempo y todas las formas del principio de razón, es el carácter empírico tal y como se presenta empíricamente en toda la conducta y el curso vital de ese hombre. Así como el árbol no es más que el fenómeno continuamente repetido de uno y el mismo impulso, que se presenta en su mayor simplicidad en la fibra y se repite en la composición de la hoja, el tallo la rama y el tronco, en los que es fácil reconocerlo, igualmente, todos los actos del hombre son la exteriorización de su carácter inteligible continuamente repetida y algo alterada en la forma; y la inducción a partir de la suma de los mismos proporciona su carácter empírico. — Por lo demás, no repetiré ni retocaré aquí la magistral exposición kantiana, sino que la doy por conocida.
