El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Nos parecemos a los elefantes capturados, que braman y se retuercen terriblemente durante muchos días hasta que ven que es estéril; y entonces de repente ofrecen tranquilos sus pescuezos al yugo, domesticados para siempre. Somos como el rey David que, mientras su hijo aún vivía, asediaba sin cesar a Jehová con súplicas y estaba desesperado; pero en cuanto el hijo murió, ya no volvió a pensar en él. A eso se debe que innumerables males crónicos como la invalidez, la pobreza, el rango inferior, la fealdad o el adverso lugar de residencia, sean soportados con indiferencia por incontables personas que ya ni siquiera los sienten, como si fueran heridas cicatrizadas, simplemente porque saben que la necesidad interna o externa no permite cambiar nada; mientras que los más felices no comprenden cómo se puede soportar eso. Nada nos reconcilia tanto con la necesidad, externa o interna, como el claro conocimiento de la misma. Cuando hemos llegado a conocer de una vez por todas tanto nuestras buenas cualidades y fuerzas como nuestros defectos y debilidades, y de acuerdo con ellos nos hemos señalado nuestro fin contentándonos con lo inevitable, es cuando más seguridad tenemos, en la medida en que lo permita nuestra individualidad, de escapar del más amargo de todos los sufrimientos: la insatisfacción con nosotros mismos, que es la consecuencia inevitable del desconocimiento de la propia individualidad, de la falsa presunción y de la temeridad que de ella nace. Al amargo capítulo del recomendado autoconocimiento encuentra una excelente aplicación el verso de Ovidio: