El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Entre el querer y el alcanzar discurre toda la vida humana. El deseo es por naturaleza dolor: la consecución genera rápidamente saciedad: el fin era solo aparente: la posesión hace desaparecer el estÃmulo: el deseo, la necesidad, se hace sentir otra vez bajo una forma nueva: y si no, aparece la monotonÃa, el vacÃo, el aburrimiento, contra los cuales la lucha es tan penosa como contra la necesidad. — Que el deseo y la satisfacción no se sucedan en un intervalo demasiado corto ni demasiado largo disminuye al grado mÃnimo el sufrimiento que ambos producen y constituye el curso vital más feliz. Pues lo que en otro caso podrÃamos llamar la parte más bella, la más pura alegrÃa de la vida precisamente porque nos saca de la existencia real y nos transforma en un espectador sin parte en ella, es decir, el conocimiento puro al que todo querer permanece ajeno, el placer de la belleza, la alegrÃa auténtica en el arte, todo eso, al requerir aptitudes infrecuentes, resulta posible a muy pocos y aun a estos como un sueño pasajero: y entonces la superior fuerza intelectual hace a esos pocos sensibles a sufrimientos mucho mayores de los que pueden sentir los hombres más burdos y además los deja solos entre seres marcadamente distintos de ellos: con lo cual también esto se compensa. Pero a la amplia mayorÃa de los hombres no les resultan accesibles los placeres puramente intelectuales; son casi totalmente incapaces de sentir la alegrÃa del conocimiento puro; están totalmente remitidos al querer. Por eso, si algo ha de ganarse su interés, si les ha de resultar interesante, es necesario (asà se contiene ya en el significado de la palabra) que estimule su voluntad aunque sea con una referencia remota y meramente posible a ella; esta nunca puede quedar totalmente fuera de juego, porque la existencia de tales individuos consiste mucho más en querer que en conocer: acción y reacción es su único elemento. Las manifestaciones inocentes de esa condición se pueden comprobar en las pequeñeces y fenómenos de la vida cotidiana: asÃ, por ejemplo, escriben sus nombres en los lugares curiosos que visitan a fin de reaccionar e influir en el lugar, ya que él no ejerció efecto en ellos: además, no pueden examinar con facilidad un animal raro y curioso sino que tienen que excitarle, bromear y jugar con él para no sentir más que la acción y reacción; pero aquella necesidad de estimular la voluntad se muestra especialmente en el descubrimiento y mantenimiento del juego de cartas, que es la verdadera expresión del aspecto lamentable de la humanidad.