El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Toda satisfacción, o lo que normalmente se llama felicidad, siempre es propia y esencialmente negativa y nunca positiva. No se trata de una dicha que nos sobrevenga originariamente y por sà misma sino que ha de ser siempre la satisfacción de un deseo. Pues el deseo, es decir, la carencia, es la condición previa de todo placer. Mas con la satisfacción cesa el deseo y por lo tanto el placer. De ahà que la satisfacción o la felicidad nunca puedan ser más que la liberación de un dolor, de una necesidad: pues a esa clase pertenece no solo cualquier sufrimiento real y manifiesto sino también cualquier deseo cuyo carácter inoportuno perturbe nuestra tranquilidad, o incluso también el mortÃfero aburrimiento que hace de la existencia una carga. — ¡Pero es tan difÃcil alcanzar y lograr algo! A cada proyecto se oponen dificultades y molestias sin fin, y a cada paso se amontonan los obstáculos. Pero cuando por fin todo está superado y conseguido, nunca habremos logrado más que librarnos de algún sufrimiento o de algún deseo, por lo que nos encontraremos como antes de su aparición. — Solamente la carencia, es decir, el dolor, nos es siempre inmediatamente dado. La satisfacción y el placer solo los podemos conocer de manera mediata, recordando el sufrimiento y la carencia anteriores que cesaron con su aparición. A ello se debe el que no nos demos buena cuenta ni apreciemos los bienes y ventajas que realmente poseemos sino que pensemos únicamente que asà tiene que ser: pues nos hacen felices de forma simplemente negativa, impidiendo el sufrimiento. Solamente tras haberlos perdido se nos hace perceptible su valor: porque la carencia, la privación, el sufrimiento, son lo positivo, lo que se anuncia inmediatamente. Por eso nos alegra el recuerdo de la necesidad, la enfermedad o la carencia vencidas, ya que ese es el único medio de disfrutar los bienes presentes. Tampoco se puede negar que en este respecto y desde este punto de vista del egoÃsmo, que es la forma del querer vivir, la vista o la descripción del sufrimiento ajeno nos proporciona satisfacción y placer precisamente por esa vÃa, como lo expresa Lucrecio bella y francamente al comienzo del segundo libro:
