El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Mas por muchas molestias grandes y pequeñas que llenen toda vida humana y la mantengan en continua inquietud y movimiento, no son capaces de ocultar la insuficiencia de la vida para satisfacer el espíritu, el vacío y la banalidad de la existencia, ni pueden tampoco descartar el aburrimiento, siempre dispuesto a llenar cada pausa que la inquietud le deja. De ahí resulta que el espíritu humano, no contento aún con las inquietudes, aflicciones y ocupaciones que le plantea el mundo real, se crea además un mundo imaginario en forma de mil supersticiones distintas, se ocupa de él de todas las maneras y malgasta en él tiempo y energías en cuanto el mundo real le permite un descanso al que no es receptivo. Eso ocurre originariamente en la mayoría de los pueblos a los que la suavidad de la región celeste y del suelo les hace la vida fácil: los primeros de todos, los hindúes, luego los griegos, los romanos, y más tarde los italianos, españoles, etc. — El hombre se crea a su imagen demonios, dioses y santos; luego ha de ofrecerles sin parar sacrificios, oraciones, ornamentos de templos, votos y sus revocaciones, peregrinaciones, saludos, adornos en las figuras, etc. Su servicio se entreteje siempre con la realidad y hasta la oscurece: todos los acontecimientos de la vida se interpretan entonces como una reacción de aquellos seres: el trato con ellos llena la mitad del tiempo de la vida, sostiene de forma permanente la esperanza y por el encanto de la ilusión se vuelve con frecuencia más interesante que el trato con los seres reales. Es la expresión y el síntoma de la doble necesidad del hombre: la de ayuda y protección, y la de ocupación y diversión: y aunque con frecuencia actúa directamente en contra de la primera necesidad, empleando inútilmente un costoso tiempo y energía en oraciones y ofrendas cuando surgen desgracias y peligros en vez de en apartarlos, tanto mejor sirve a la segunda necesidad mediante aquel trato fantástico con un espíritu del mundo soñado: y ese es el beneficio de todas las supersticiones, en nada despreciable.