El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Hemos llamado al tiempo y al espacio el principium individuationis porque solo por ellos y en ellos es posible la pluralidad de lo semejante. Ellos son las formas esenciales del conocimiento natural, es decir, procedente de la voluntad. De ahà que esta se manifieste siempre en la pluralidad de los individuos. Pero esa pluralidad no le afecta a ella, a la voluntad en cuanto cosa en sÃ, sino solo a sus fenómenos: ella está presente entera e indivisa en cada uno de ellos y ve a su alrededor la imagen de su propia esencia repetida innumerables veces. Mas esta misma, es decir, lo auténticamente real, no lo encuentra inmediatamente más que en su interior. Por eso cada cual lo quiere todo para sÃ, quiere poseerlo todo o al menos dominarlo, y lo que se le resiste quiere negarlo. En los seres cognoscentes a eso se añade que el individuo es soporte del sujeto cognoscente y este, soporte del mundo; es decir, que toda la naturaleza exterior a él, o sea, todos los demás individuos, existen únicamente en su representación y él es consciente de ellos en cuanto su simple representación, es decir, de forma meramente mediata y como algo que depende de su propia esencia y existencia; porque con su conciencia para él sucumbe también necesariamente el mundo, es decir, su ser y su no ser le resulta equivalente e indistinguible. Asà pues, cada individuo cognoscente es en verdad y se encuentra a sà mismo como toda la voluntad de vivir o el en sà del mundo, y también como la condición complementaria del mundo como representación; por lo tanto, como un microcosmos equiparable al macrocosmos. La naturaleza misma, siempre y en todo veraz, le proporciona originariamente y con independencia de toda reflexión ese conocimiento simple e inmediatamente cierto. A partir de las dos determinaciones necesarias que se han indicado se explica que cada individuo, diminuto y reducido a la nada en el ilimitado mundo, no obstante se convierta en su centro, que tenga en cuenta su existencia y bienestar propios por delante de todos los demás, y que incluso desde el punto de vista natural esté dispuesto a sacrificar a aquellos todo lo que no sea él, dispuesto a negar el mundo simplemente por mantener durante algo más de tiempo su propio ser, esa gota en el mar. Esa manera de sentir es el egoÃsmo esencial a cada cosa de la naturaleza. Pero es precisamente aquello en lo cual llega a su terrible manifestación el conflicto interno de la voluntad consigo misma. Pues ese egoÃsmo tiene su existencia y su ser en aquella oposición entre el microcosmos y el macrocosmos, o en el hecho de que la objetivación de la voluntad tiene por forma el principium individuationis, con lo que la voluntad se manifiesta de igual manera en innumerables individuos, y en cada uno de ellos entera en sus dos caras (voluntad y representación). Asà pues, mientras que cada uno es dado inmediatamente a sà mismo como toda la voluntad y todo lo representante, los demás solo le son dados como representaciones suyas; de ahà que su propio ser y su conservación se antepongan a todos los demás juntos. Cada uno mira su propia muerte como el fin del mundo, mientras que se entera de la de sus conocidos como de algo en buena medida indiferente a no ser que esté implicado personalmente en ella. En la conciencia elevada al grado supremo, la humana, al igual que el conocimiento, el dolor y la alegrÃa, también el egoÃsmo tendrá que haber alcanzado el grado máximo y la lucha de los individuos debida a él tendrá que destacarse de la manera más espantosa. Pues eso vemos por todas partes, en lo pequeño como en lo grande, unas veces desde el lado terrible en la vida de los grandes tiranos y malvados, y en las guerras que asolan el mundo, y otras veces desde el lado ridÃculo, donde se convierte en tema de la comedia; de forma muy particular aparece en la presunción y la vanidad que Rochefoucauld ha captado y presentado in abstracto como ningún otro: lo vemos en la historia del mundo y en la propia experiencia. Pero con la máxima claridad surge en cuanto una multitud de hombres se ha liberado de toda ley y orden: ahà se muestra enseguida de la forma más patente el bellum omnium contra omnes que Hobbes ha descrito de forma excelente en el primer capÃtulo del De cive[262]. No solo se muestra cómo cada uno intenta arrebatar al otro lo que quiere tener sino incluso que con frecuencia uno destruye toda la felicidad o la vida del otro para incrementar su propio bienestar de forma insignificante. Esa es la máxima expresión del egoÃsmo, cuyos fenómenos a este respecto solo son superados por los de la verdadera maldad, que busca desinteresadamente el perjuicio y el dolor ajenos sin ningún provecho propio; de ella hablaremos pronto. — Compárese con este desvelamiento de la fuente del egoÃsmo la exposición del mismo en mi escrito de concurso Sobre el fundamento de la moral, § 14.