El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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§ 62

Ya se ha explicado que la afirmación primera y simple de la voluntad de vivir es mera afirmación del propio cuerpo, es decir, manifestación de la voluntad a través de actos en el tiempo, en tanto que ya el cuerpo en su forma y funcionalidad manifiesta la misma voluntad espacialmente, y nada más. Esta afirmación se muestra como conservación del cuerpo mediante el empleo de sus propias fuerzas. A ella se vincula inmediatamente la satisfacción del impulso sexual, e incluso le pertenece en la medida en que pertenecen los genitales al cuerpo. Por eso, la renuncia voluntaria y no fundada en ningún motivo a la satisfacción de aquel impulso es ya un grado de negación de la voluntad de vivir, es una autosupresión de la misma a partir de un conocimiento que actúa como aquietador; en consecuencia, tal negación del propio cuerpo se presenta ya como una contradicción de la voluntad con su propio fenómeno. Pues aunque también aquí el cuerpo objetiva en los genitales la voluntad de propagación, esta no es querida. Precisamente por eso, porque es negación o supresión de la voluntad de vivir, tal renuncia constituye una dura y dolorosa superación de sí mismo; pero de eso hablaremos más adelante. — Mas al presentar la voluntad aquella autoafirmación del propio cuerpo en innumerables individuos, debido al egoísmo peculiar a todos es fácil que en un individuo vaya más allá de esa afirmación llegando a la negación de la misma voluntad manifestada en otro individuo. La voluntad del primero irrumpe dentro de los límites de la afirmación de la voluntad ajena, bien porque el individuo destruye o hiere el cuerpo ajeno, o bien porque obliga a que las fuerzas de aquel cuerpo ajeno sirvan a su voluntad en vez de a la voluntad que se manifiesta en aquel cuerpo ajeno; es decir, cuando él priva a la voluntad manifestada como cuerpo ajeno de las fuerzas de ese cuerpo y así incrementa la fuerza que sirve a su voluntad por encima de la de su propio cuerpo y, en consecuencia, afirma su propia voluntad más allá de su propio cuerpo negando la voluntad que se manifiesta en un cuerpo ajeno. — Esa irrupción en los límites de la afirmación de la voluntad ajena ha sido conocida claramente desde siempre y su concepto se ha designado con la palabra injusticia. Pues las dos partes la conocen instantáneamente, aunque no en una clara abstracción, como aquí nosotros, sino como sentimiento. El que sufre la injusticia siente la irrupción en la esfera de la afirmación de su propio cuerpo a través de su negación por parte de un individuo ajeno, en la forma de un dolor espiritual e inmediato que está totalmente separado y es distinto del sufrimiento físico que siente a la vez por la acción o del disgusto por la pérdida. Por otra parte, al que comete la injusticia se le presenta el conocimiento de que él es en sí la misma voluntad que se manifiesta también en aquel cuerpo y que en uno de los fenómenos se afirma con tal vehemencia que, traspasando los límites del propio cuerpo y sus fuerzas, se convierte en negación de esa voluntad en el otro fenómeno, por lo que, considerado como voluntad en sí, con su vehemencia está combatiendo y despedazándose a sí misma; — también a él, como digo, se le presenta ese conocimiento instantáneamente, no in abstracto sino como un vago sentimiento: y a eso llamamos remordimiento de conciencia o, en este caso, el sentimiento de la injusticia cometida.


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