El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Al procedimiento de partir del objeto para deducir de él el sujeto se opone el que parte del sujeto y pretende extraer de él el objeto. Con todo lo frecuente y general que ha sido el primero en toda la filosofía anterior, del último no se encuentra en realidad más que un solo ejemplo y, por cierto, muy reciente: la pseudofilosofía de J. G. Fichte, que ha de ser tenida en cuenta a ese respecto por poco valor auténtico y contenido interno que posea su teoría en sí misma y aun cuando no sea en general más que una fantasmagoría; aunque, expuesta con gesto de profunda seriedad, tono firme y enérgico celo, y defendida en elocuente polémica con débiles contrarios, pudo brillar y aparentó ser algo. Pero a él, como a todos los filósofos semejantes que se acomodaban a las circunstancias, le faltó la auténtica seriedad, la que, inasequible a las influencias, mantiene la vista inalterable en su fin: la verdad. Con él no podía, desde luego, ocurrir de otra manera. El filósofo, en efecto, lo es en virtud de una perplejidad de la que intenta sustraerse y que es el θαυμάζει,ν de Platón, que este designa como un μάλα φι.λοσοφι.κον πάθος[58]. Pero aquí los falsos filósofos se separan de los auténticos en que en los últimos aquella perplejidad nace de la visión del mundo mismo y en aquellos primeros, en cambio, solo de un libro, de un sistema ya presente: este fue el caso de Fichte, ya que se convirtió en filósofo únicamente sobre la base de la cosa en sí kantiana; y sin ella es sumamente probable que se hubiera dedicado a cosas totalmente distintas con mucho más éxito, ya que poseía un destacado talento retórico. Mas solo con que hubiera penetrado en alguna medida en el sentido del libro que lo convirtió en filósofo, la Crítica de la razón pura, habría comprendido que el espíritu de su doctrina fundamental es este: que el principio de razón no es, como pretende toda la filosofía escolástica, una veritas aeterna, es decir, no posee una validez incondicional antes, fuera y por encima de todo mundo, sino únicamente relativa y condicionada, válida solo en el fenómeno, bien se presente como nexo necesario del espacio o el tiempo, bien como ley de causalidad o bien como ley de la razón del conocimiento; que, por lo tanto, la esencia interna del mundo, la cosa en sí, no puede descubrirse nunca al hilo de ese principio sino que todo a lo que él conduce es a su vez dependiente y relativo, nada más que fenómeno y no cosa en sí; que, además, tal principio no afecta al sujeto sino que es una simple forma de los objetos, los cuales, precisamente por eso, no son cosas en sí; y que con el objeto existe ya inmediatamente el sujeto y con este aquel; así que ni el objeto se puede añadir al sujeto ni este a aquel como una consecuencia a su razón. Pero nada de todo eso afectó a Fichte: para él lo único interesante del asunto era el partir del sujeto elegido por Kant para mostrar la falsedad de partir del objeto, el cual se convertía de este modo en cosa en sí. Pero Fichte consideró que lo importante era ese partir del sujeto, supuso, al igual que todos imitadores, que si sobrepujaba a Kant en eso también le superaría, y repitió en esa dirección el mismo error que el dogmatismo habido hasta entonces había cometido en sentido opuesto y que precisamente había dado ocasión a la crítica kantiana; de modo que en lo esencial nada había cambiado y el antiguo error fundamental, la aceptación de una relación de razón y consecuencia entre objeto y sujeto, permaneció después igual que antes, por lo que el principio de razón mantuvo, exactamente igual que antes, una validez incondicionada y la cosa en sí, en lugar de colocarse en el objeto como se había hecho hasta entonces, se ubicó en el sujeto del conocer; pero después como antes siguió sin reconocerse la relatividad de ambos, indicativa de que la cosa en sí o la esencia interna del mundo no se ha de buscar en ellos sino fuera de ellos, como también fuera de cualquier otro ser que exista sólo de forma relativa. Igual que si Kant no hubiera existido, el principio de razón sigue siendo en Fichte lo que era en todos los escolásticos, una aeterna veritas. En efecto, igual que sobre los dioses de los antiguos dominaba aún el destino eterno, sobre el Dios de los escolásticos imperaban aquellas aeternae veritates, es decir, las verdades metafísicas, matemáticas y metalógicas, y para algunos incluso la validez de la ley moral. Solamente esas verdades no dependían de nada: pero por su necesidad existían tanto Dios como el mundo. Así pues, conforme al principio de razón en cuanto tal veritas aeterna, el yo es en Fichte la razón del mundo o del no-yo, del objeto, que es justamente su consecuencia, su chapuza. De ahí que se haya guardado bien de probar o controlar el principio de razón. Si yo tuviera que indicar la forma de dicho principio al hilo 40 de la cual Fichte hace surgir el no-yo del yo, como de la araña su tela, pienso que se trata del principio de razón del ser en el espacio: pues solo referidas a él reciben alguna clase de sentido y significación aquellas angustiosas deducciones de la forma y manera en que el yo produce y fabrica el no-yo desde sí mismo, deducciones que constituyen el contenido del libro más absurdo y solo por eso más aburrido que jamás se ha escrito. — Esa filosofía fichteana, que en otro caso no merecería siquiera ser mencionada, nos resulta de interés solo en cuanto tardía oposición el materialismo antiguo, que era el más consecuente punto de partida objetivo, como aquella el subjetivo. Así como el materialismo no se dio cuenta de que con el más simple objeto había puesto ya inmediatamente el sujeto, Fichte no solo pasó por alto que con el sujeto (llamáralo como quisiera) había puesto ya el objeto, puesto que ningún sujeto es pensable sin él, sino también que toda deducción a priori, incluso toda demostración en general, se basa en una necesidad, pero toda necesidad se basa exclusivamente en el principio de razón; porque ser necesario y seguirse de una razón dada son conceptos intercambiables[59]. Pero el principio de razón no es más que la forma general del objeto en cuanto tal, así que supone ya el objeto y no puede producirlo ni hacerlo surgir conforme a su ley asumiendo una validez anterior y al margen de él. Así pues, el partir del sujeto adolece en general del mismo defecto que el punto de partida objetivo antes expuesto: el suponer de antemano lo que se propone deducir, a saber, el correlato necesario de su punto de partida.