El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Aparte de las representaciones consideradas hasta aquí, es decir, las que en su conjunto se pueden reducir a tiempo, espacio y materia si miramos al objeto, o a sensibilidad pura y entendimiento (es decir, conocimiento de la causalidad) si nos atenemos al sujeto, solo en el hombre, de entre todos los habitantes de la Tierra, ha surgido además otra fuerza cognoscitiva y brotado una conciencia totalmente nueva, que con gran acierto y corrección se denomina reflexión. Pues se trata de hecho de un reflejo, de algo derivado de aquel conocimiento intuitivo, si bien ha asumido una naturaleza y condición radicalmente diferentes de él, no conoce sus formas, e incluso el principio de razón que impera sobre todo objeto tiene aquí una forma totalmente distinta. Esta conciencia nueva y altamente potenciada, ese reflejo abstracto de todo lo intuitivo en el concepto no intuitivo de la razón, es lo único que otorga al hombre aquella reflexión que tanto distingue su conciencia de la del animal y por la que todo su caminar en la tierra resulta tan diferente al de sus hermanos irracionales. En la misma medida los supera en poder y en sufrimiento. Ellos viven solo en el presente; él vive también en el futuro y el pasado. Ellos satisfacen la necesidad momentánea; él, mediante instituciones artificiales, se preocupa de su futuro e incluso de épocas que no podrá vivir. Ellos caen totalmente bajo la impresión del instante, bajo el efecto del motivo intuitivo; a él los conceptos abstractos le determinan con independencia del presente. De ahí que lleve a cabo planes proyectados y actúe conforme a máximas, sin tomar en consideración el entorno ni las contingentes impresiones del presente; por eso puede, por ejemplo, disponer con serenidad los preparativos de su propia muerte, disimular hasta ser insondable y llevarse su secreto a la tumba, y de ahí también que posea una elección real entre varios motivos: pues solo in abstracto pueden estos presentarse juntos a la conciencia y llevar consigo el conocimiento de que uno excluye el otro, midiendo así su respectivo poder sobre la voluntad; conforme a lo cual el motivo preponderante, al hacer inclinar la balanza, constituye una decisión reflexiva de la voluntad y un signo seguro que manifiesta su naturaleza. El animal, en cambio, es determinado por la impresión presente: solo el temor a la violencia presente puede contener sus deseos, hasta que finalmente ese temor se convierte en costumbre y a partir de entonces lo determina como tal: eso es el adiestramiento. El animal siente e intuye; el hombre, además, piensa y sabe: ambos quieren. El animal comunica su sensación y su ánimo con gestos y gritos: el hombre comunica los pensamientos a los demás mediante el lenguaje, o bien encubre los pensamientos, también mediante el lenguaje. El lenguaje es el primer producto y el instrumento necesario de su razón: de ahí que en griego y en italiano el lenguaje y la razón se designen con la misma palabra: ό λόγος, il discorso. [En alemán] «Razón» [Vernunft] viene de «percibir» [vernehmen], que no es sinónimo de oír sino que significa percatarse de los pensamientos transmitidos con las palabras. Solo con la ayuda del lenguaje produce la razón sus más importantes resultados: la actuación acorde de varios individuos, la colaboración planificada de muchos miles, la civilización, el Estado; además, la ciencia, la conservación de la experiencia anterior, el resumen de lo común en un concepto, la transmisión de la verdad, la difusión del error, el pensamiento y la poesía, los dogmas y las supersticiones. El animal no conoce la muerte hasta que muere: el hombre es consciente de que a cada hora se acerca a la muerte, y eso en ocasiones hace la vida grave incluso a aquel que no ha conocido ya en la vida misma ese carácter de destrucción perpetua. Es principalmente por eso por lo que el hombre tiene la filosofía y la religión: si bien es incierto que aquello que con razón apreciamos sobre todo en su obrar, la rectitud voluntaria y la nobleza del ánimo, haya sido alguna vez fruto de una de las dos. Como productos seguros pertenecientes en exclusiva a ambas y como producciones de la razón por esa vía se encuentran, en cambio, las más asombrosas y aventuradas opiniones de los filósofos de diferentes escuelas, así como los extraños y a veces crueles usos de los sacerdotes de distintas religiones.


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