El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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§ 69

Hemos expuesto ampliamente, dentro de los límites de nuestra consideración, la negación de la voluntad de vivir, único acto de su libertad que se manifiesta en el fenómeno y que, por lo tanto, constituye, como Asmus la llama, el cambio transcendental. De ella nada se diferencia más que la supresión voluntaria del propio fenómeno individual: el suicidio. Muy lejos de ser negación de la voluntad, ese fenómeno supone una enérgica afirmación de la misma. Pues la esencia de la negación no consiste en aborrecer los sufrimientos sino los placeres de la vida. El suicida quiere la vida, simplemente está insatisfecho con las condiciones en que se le presenta. De ahí que al destruir el fenómeno individual no elimine en modo alguno la voluntad de vivir, sino solamente la vida. Él quiere la vida, quiere una existencia y afirmación del cuerpo sin trabas; pero la coincidencia de circunstancias no lo permite, lo que provoca en él un gran sufrimiento. La voluntad de vivir se encuentra tan impedida en ese fenómeno individual, que no puede desplegar su aspiración. Por eso se decide conforme a su ser en sí, que se halla fuera de las formas del principio de razón, y al que por lo tanto le es indiferente todo fenómeno individual; pues ese ser permanece intacto frente a todo nacer y perecer, y constituye el interior de la vida de todas las cosas. Porque aquella misma sólida certeza interior que hace que todos nosotros vivamos sin un constante escalofrío ante la muerte, la certeza de que a la vida nunca le puede faltar su fenómeno, respalda la acción también en el caso del suicidio. Así pues, la voluntad de vivir aparece tanto en esa autodestrucción (Siva) como en el bienestar de la autoconservación (Visnú) y en el placer de la procreación (Brahma). Ese es el significado íntimo de la unidad de la Trimurti que todo hombre es, si bien en el tiempo resalta a veces una o a veces otra de sus tres cabezas. — Lo que es la cosa individual a la idea, es el suicidio a la negación de la voluntad: el suicida niega solamente el individuo, no la especie. Ya antes vimos que, puesto que a la voluntad de vivir le es siempre cierta la vida y a esta esencial el sufrimiento, el suicidio, la destrucción voluntaria de un fenómeno individual en el que la cosa en sí queda intacta —al igual que está fijo el arco iris por muy rápido que cambien las gotas que en ese instante son su soporte—, es una acción totalmente vana y necia. Pero además constituye la obra maestra de Maya, al ser la expresión más manifiesta de la contradicción de la voluntad de vivir consigo misma. Conocimos ya esa contradicción en los fenómenos inferiores de la voluntad, en la continua lucha entre todas las manifestaciones de las fuerzas naturales y todos los individuos orgánicos por la materia junto con el espacio y el tiempo; vimos también que, al ir ascendiendo en los grados de objetivación de la voluntad, aquel conflicto destacaba cada vez más y con una terrible claridad. Y así al final, en el nivel superior que es la idea del hombre, alcanza ese grado en el que no solo los individuos que representan la misma idea se exterminan unos a otros sino que incluso el mismo individuo se declara la guerra a sí mismo; y la violencia con la que quiere la vida y se agolpa contra su obstáculo, el sufrimiento, le lleva a destruirse a sí mismo, de modo que la voluntad individual a través de un acto suyo suprime el cuerpo, que no es más que su propia visibilidad, antes de que el sufrimiento quebrante la voluntad. Precisamente porque el suicida no puede dejar de querer, deja de vivir, y la voluntad se afirma aquí justamente en la supresión de su fenómeno porque no se puede afirmar de otra manera. Mas el sufrimiento al que de ese modo se sustrae era lo que en cuanto mortificación de la voluntad le podría haber conducido a la negación de sí misma y a la salvación, por lo que en ese respecto el suicida se asemeja a un enfermo que 473 tras haber comenzado una dolorosa operación que podría sanarle de raíz, no permite que concluya sino que prefiere mantener la enfermedad. El sufrimiento se aproxima y abre en cuanto tal la posibilidad de negar la voluntad; pero él lo rechaza al destruir el fenómeno de la voluntad, el cuerpo, para que la voluntad se mantenga sin quebranto. — Esa es la razón por la que casi todas la éticas, tanto filosóficas como religiosas, condenan el suicidio, si bien para ello no pueden alegar más que extrañas razones sofísticas. Pero si a un hombre hubiera de retenerle del suicidio algún impulso puramente moral, el sentido íntimo de su autorepresión (al margen de en qué conceptos lo revistiese su razón) sería este: «No quiero sustraerme al sufrimiento, para poder contribuir a la supresión de la voluntad de vivir, cuyo fenómeno es tan lamentable, de modo que el conocimiento de la verdadera esencia del mundo que ahora nace en mí se refuerce hasta el punto de convertirse en un aquietador final de la voluntad y me libere para siempre».


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