El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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La doctrina cristiana, al contemplar no los individuos según el principio de razón sino la idea del hombre en su unidad, simboliza la naturaleza, la afirmación de la voluntad de vivir, en Adán, cuyo pecado original heredado por nosotros, es decir, nuestra unidad con él en la idea, que se representa en el tiempo a través del nexo de la procreación, nos hace a todos partícipes del sufrimiento y la muerte eterna: en cambio, simboliza la gracia, la negación de la voluntad, la salvación, en el Dios hecho hombre que, libre de todo pecado, es decir, de toda voluntad de vivir, tampoco puede haber nacido como nosotros de la más decidida afirmación de la voluntad, ni puede como nosotros poseer un cuerpo que sea en todo voluntad concreta, fenómeno de la voluntad; sino que, nacido de la virgen pura, también tiene una simple apariencia de cuerpo. Esto último, según los docetas[328], es decir, algunos Padres de la Iglesia que fueron consecuentes en el tema. En especial lo enseñó Apeles[329]; contra él y sus seguidores se levantó Tertuliano. Pero también el mismo san Agustín comenta el pasaje de Rom 8, 3: Deus filium suum misit in similitudinem carnis peccati[330], luego: Non enim caro peccati erat, quae non de carnali delectatione nata erat: sed tamen inerat ei similitudo carnis peccati, quia mortalis caro erat[331]. (Liber quaestion. 83, qu. 66). Él mismo enseña en su obra titulada Opus  imperfectum I, 47 que el pecado original es a la vez pecado y castigo. Se puede encontrar ya en el recién nacido, pero no se muestra hasta que es adulto. Sin embargo, el origen de ese pecado se puede derivar de la voluntad del pecador. Ese pecador ha sido Adán; pero en él hemos existido todos: Adán fue desgraciado y en él nos hemos vuelto desgraciados todos. — Realmente, la doctrina del pecado original (afirmación de la voluntad) y de la redención (negación de la voluntad) es la gran verdad que constituye el núcleo del cristianismo; mientras que lo demás no es en su mayoría más que ropaje y envoltura, o bien adorno. Por consiguiente, debemos concebir en general a Jesucristo como el símbolo o la personificación de la negación de la voluntad de vivir; pero no individualmente, bien sea según su historia mítica en los Evangelios o según la historia verdadera en la que presuntamente se basó. Pues no será fácil que la una ni la otra satisfagan plenamente. Son el mero vehículo de la primera concepción, hecho para el pueblo, que siempre exige algo fáctico. — No nos importa aquí que en la época reciente el cristianismo haya olvidado su significado verdadero y haya degenerado en un vulgar optimismo.


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