El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I — Nosotros, en cambio, en las doctrinas antes mencionadas reconocemos la verdad que concuerda plenamente con el resultado de nuestras investigaciones. Vemos, en efecto, que la auténtica virtud y santidad del ánimo no tienen su origen primario en la voluntad deliberada (las obras) sino en el conocimiento (la fe), exactamente igual que lo hemos desarrollado a partir de nuestro pensamiento fundamental. Si fueran las obras nacidas de los motivos y del propósito deliberado las que nos condujeran a la bienaventuranza, entonces la virtud no serÃa más que un egoÃsmo prudente, metódico y de amplias miras, por muchas vueltas que se le quiera dar. — Pero la fe a la que la Iglesia cristiana promete la bienaventuranza es esta: que, asà como por la caÃda del primer hombre todos participamos del pecado y hemos caÃdo en la muerte y la perdición, también todos nosotros somos redimidos exclusivamente por la gracia del divino mediador que asume nuestra enorme culpa, y ello sin mérito alguno por nuestra parte (personal); pues aquello que puede surgir del obrar intencionado (determinado por motivos) de la persona, las obras, no puede justificarnos en modo alguno por su propia naturaleza, precisamente porque se trata de un obrar intencionado, provocado por motivos, opus operatum[333]. Mas en esa fe se incluye, ante todo, que el nuestro es un estado originaria y esencialmente funesto del que necesitamos ser redimidos; luego, que nosotros mismos pertenecemos esencialmente al mal y estamos tan firmemente vinculados a él que nuestras obras realizadas por leyes y preceptos, es decir, por motivos, nunca pueden dar satisfacción a la justicia ni redimirnos, sino que la salvación solo se alcanza mediante la fe, es decir, a través de una forma de conocimiento transformada; y esa misma fe solo nos puede venir por la gracia, como desde fuera: eso quiere decir que la salvación es algo totalmente ajeno a nuestra persona y apunta a una necesaria negación y renuncia de esa misma persona. Las obras, la obediencia a la ley en cuanto tal, nunca pueden justificar porque son siempre un obrar por motivos. Lutero (en el libro De libértate Christiana) exige que tras sobrevenir la fe, las buenas obras surjan de ella por sà mismas como sÃntoma y fruto suyo; pero no reivindican un mérito, justificación o pago sino que se realizan de forma totalmente voluntaria y gratuita. — AsÃ, también nosotros hemos considerado que al traspasar con claridad progresiva el principium individuationis nace primero la justicia libre, luego el amor hasta la total supresión del egoÃsmo, y al final la resignación o negación de la voluntad.