El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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§ 9

Los conceptos forman una clase peculiar, diferente toto genere de las representaciones intuitivas hasta ahora consideradas y existente solo en el espíritu humano. De ahí que nunca podamos lograr un conocimiento intuitivo y verdaderamente evidente de su esencia, sino uno simplemente abstracto y discursivo. Por eso sería disparatado exigir que se demostrasen en la experiencia, entendiendo por ella el mundo externo real que es justamente representación intuitiva, o que se presentaran ante la vista o la fantasía como los objetos intuitivos. Los conceptos solo se pueden pensar, no intuir, y únicamente los efectos que a través de ellos produce el hombre son objetos de verdadera experiencia. Tales son el lenguaje, el obrar reflexivo y planificado, y la ciencia; y después, lo que resulta de todos ellos. Está claro que el habla, en cuanto objeto de la experiencia externa, no es más que un telégrafo sumamente perfecto que transmite signos arbitrarios con la máxima rapidez y la más fina matización. ¿Mas qué significan todos esos signos? ¿Cómo se produce su interpretación? ¿Acaso mientras otro habla traducimos enseguida su discurso en imágenes de la fantasía que pasan ante nosotros como un rayo y se mueven, se encadenan, se transforman y se pintan conforme a la afluencia de las palabras y sus flexiones gramaticales? ¡Qué tumulto se produciría entonces en nuestra cabeza al oír un discurso o leer un libro! Pero eso no ocurre de ningún modo. El sentido del discurso se percibe inmediatamente, se capta con exactitud y precisión sin que por lo regular se entremezclen fantasmas. Es la razón la que habla a la razón, se mantiene dentro de su terreno y lo que transmite y recibe son conceptos abstractos, representaciones no intuitivas que forma de una vez por todas y, aunque relativamente poco numerosas, abarcan, contienen y representan todos los innumerables objetos del mundo real. Solo a partir de esto se explica que un animal nunca pueda hablar ni entender, pese a tener en común con nosotros los instrumentos del lenguaje y las representaciones intuitivas: pero precisamente porque las palabras designan aquella clase peculiar de representaciones cuyo correlato subjetivo es la razón, carecen de sentido y significación para el animal. Así el lenguaje, como cualquier otro fenómeno que atribuimos a la razón y como todo lo que distingue al hombre del animal, se ha de explicar por aquella fuente única y simple: los conceptos, las representaciones abstractas, no intuitivas, generales, no individualizadas en el tiempo y el espacio. Solamente en algunos casos particulares pasamos de los conceptos a la intuición, formamos fantasmas como representantes intuitivos de los conceptos, a los que, no obstante, nunca se adecuan. Estos han sido explicados de manera especial en el tratado Sobre el principio de razón, § 28, por lo que no quiero repetir aquí lo mismo: con lo allí dicho se puede comparar lo que afirma Hume en el duodécimo de sus Philosophical essays, p. 244, y Herder en la Metacrítica (un libro malo por lo demás), parte I, p. 274. La idea platónica, que se hace posible mediante la unión de fantasía y razón, constituye el objeto principal del tercer libro del presente escrito.


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