Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 51

A quien sea capaz de comprender algo cum grano salis[101], la forma más clara de expresarle la relación entre el genio y el hombre normal podría ser quizás la siguiente: Un genio es un hombre que posee un doble intelecto: uno para sí, para el servicio de su voluntad, y el otro para el mundo, del cual se convierte en espejo, al captarlo de forma puramente intuitiva. La suma o quintaesencia de esa captación se reproduce, según la instrucción técnica que se le asocie, en obras del arte, de la poesía o de la filosofía. El hombre normal, en cambio, no tiene más que el primer intelecto, al que podemos llamar subjetivo, y al genial, objetivo. Si bien aquel intelecto subjetivo puede presentar muy distintos grados de agudeza y perfección, siempre hay un determinado matiz que le separa de aquel intelecto doble del genio — más o menos igual que ocurre con los tonos de la voz de pecho, que, por muy agudos que sean, siempre son esencialmente distintos del falsete; este, exactamente igual que las dos octavas altas de la flauta y los tonos de flageolet[102] del violín, es el unísono de las dos mitades de la columna vibratoria del aire dividida por un nudo vibratorio, mientras que en la voz de pecho y las octavas bajas de la flauta solo vibra la columna de aire completa e indivisa. A partir de aquí se puede, pues, concebir aquella peculiaridad específica del genio que está tan visiblemente impresa en las obras y hasta en la fisonomía de quien está dotado de él; y también es claro que tal intelecto doble ha de ser en la mayoría de los casos un impedimento para el servicio de la voluntad, por lo que se explica la escasa capacidad del genio para la vida práctica que ya antes se mencionó. Pero en especial le falta la sobriedad que caracteriza el intelecto corriente y sencillo, sea agudo o torpe.


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