Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Quien quiera experimentar el agradecimiento de su época tiene que adaptarse a ella. Pero con eso nunca se lleva nada grande a término. Asà que quien pretenda esto último ha de dirigir su mirada a la posteridad y desarrollar su obra para ella con confianza inquebrantable; desde luego, en tal caso podrá ocurrir que permanezca desconocido para sus contemporáneos y sea entonces comparable con aquel que, obligado a pasar su vida en una isla desierta, con gran fatiga erige en ella un monumento para dejar noticia de su existencia a futuros navegantes. Si esto le parece duro, consuélese pensando que incluso al hombre corriente, meramente práctico, que no ha de esperar ninguna compensación a cambio, le cae en suerte a menudo tal destino. En efecto, un hombre asÃ, si es favorecido por la situación, tendrá una actividad productiva en el aspecto material: hará ganancias, compras, edificios y cultivos, construirá, fundará, instaurará y embellecerá con diaria diligencia e incansable celo. Con ello se figura que trabaja para sà mismo: pero al final todo redunda en favor de los descendientes y con frecuencia ni siquiera de los suyos propios. En consecuencia, también él puede decir nos, non nobis[109] y ha tenido como recompensa su trabajo. Asà pues, no le va mejor que al hombre de genio, que esperaba para sà una recompensa o al menos reputación, pero al final lo ha hecho todo para la posteridad. Pero a cambio también ambos han heredado mucho de sus antepasados.
