Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Como consecuencia de esa naturaleza esencialmente polémica, de ese bellum omnium contra omnes[34] de los sistemas filosóficos, es infinitamente más difícil adquirir prestigio como filósofo que como poeta. Sin embargo, la obra del poeta no consigue del lector nada más que ingresar en la serie de los escritos que le entretienen o elevan, así como una dedicación de pocas horas. En cambio, la obra del filósofo pretende revolucionar toda su forma de pensar, le exige que tome por un error todo lo que ha aprendido y creído hasta el momento en ese terreno y por perdidos el tiempo y el esfuerzo empleados, y que comience desde el principio: a lo sumo deja intactas algunas ruinas de un predecesor para poner en ellas su fundamento. A ello se añade que en cada uno que enseña un sistema ya establecido tiene un oponente de oficio, y que a veces incluso el Estado apoya a voluntad un sistema filosófico y, a través de sus poderosos medios materiales, impide que se abra paso cualquier otro. Si ahora agregamos que la magnitud del público filosófico es a la del poético lo que el número de la gente que quiere ser instruida a la que quiere ser entretenida, podremos apreciar quibus auspiciis[35] se presenta un filósofo. — Sin embargo, es el aplauso de los pensadores, de los elegidos entre largos lapsos de tiempo y todos los países sin diferencia de nacionalidad, el que recompensa al filósofo: la masa aprende poco a poco a honrar su nombre a base de autoridad. Conforme a ello, y debido al lento pero profundo influjo de la marcha de la filosofía sobre la de todo el género humano, desde hace milenios la historia de los filósofos va unida a la de los reyes y cuenta cien veces menos nombres que esta; de ahí que sea un gran hombre el que consigue para el suyo un lugar permanente en ella.


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