Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II A los hombres les gusta venerar algo: pero la mayorÃa de las veces 89 su veneración se para ante la puerta equivocada, donde se mantiene hasta que llega la posteridad para mostrarle el camino. Una vez que esto ocurre, la veneración que la masa culta tributa al genio, exactamente igual que ocurre con la que los creyentes dedican a sus santos, degenera fácilmente en una servidumbre a sus reliquias. Asà como miles de cristianos veneran las reliquias de un santo cuya vida y doctrina les es desconocida; asà como la religión de miles de budistas consiste más en la veneración del dalada (diente sagrado) o de otros datu (reliquias), e incluso de la dagoba (estupa) que los encierra, del sagrado patra (escudilla), de la huella petrificada o del árbol sagrado que Buda plantó, que en el conocimiento profundo y la práctica fiel de su elevada doctrina: del mismo modo, la casa de Petrarca en Arqua, la supuesta prisión de Tasso en Ferrara, la casa de Shakespeare en Stratford con su silla, la casa de Goethe en Weimar con sus muebles, el viejo sombrero de Kant, asà como los respectivos autógrafos, son contemplados atenta y respetuosamente por muchos que nunca han leÃdo las obras de esos hombres. No son capaces de hacer nada más que mirar boquiabiertos. Sin embargo, los más inteligentes tienen en el fondo el deseo de ver los objetos que tuvo un gran espÃritu ante sus ojos; en ello, por una extraña ilusión, impera el error de pensar que con el objeto pueden restituir también el sujeto, o que algo de este tenÃa que estar adherido al objeto. Afines a ellos son los que se afanan celosamente por investigar y llegar a conocer a fondo la materia de las obras poéticas, por ejemplo, la leyenda de Fausto y su literatura, y después las relaciones y acontecimientos personales de la vida del poeta que dieron ocasión a su obra: se parecen a aquel que viera en el teatro una hermosa decoración y se precipitara al escenario para examinar los andamios de madera que lo soportan. Ejemplos suficientes nos ofrecen ahora los investigadores crÃticos del Fausto y la leyenda fáustica, de Federica en Sesenheim[118], de Margarita en la Weißadlergasse[119], de la familia de la Lotte de Werther, etc. Ellos confirman la verdad de que los hombres no se interesan por la forma, es decir, por el tratamiento y la exposición, sino por la materia: están materializados [stoffartig]. Pero los que en vez de estudiar los pensamientos de un filósofo se familiarizan con la historia de su vida se asemejan a quienes en lugar de en la pintura se fijan en el marco, examinando el gusto de su talla y el valor de su dorado.
