Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II El origen de la representación de la materia en general, en cuanto soporte objetivo de todas las cualidades que carece él mismo de ellas, lo he expuesto primero en mi obra principal, volumen I, 113 p. 9 [3.a ed., p. 10]; y luego, con mayor claridad y exactitud, en la segunda edición de mi tratado Sobre el principio de razón, § 21, p. 77. Lo recuerdo aquí para que no se pierda nunca de vista esa nueva doctrina esencial de mi filosofía. Según ello, aquella materia no es más que la función intelectual de la causalidad objetivada, es decir, proyectada hacia fuera; es, pues, la hipóstasis objetiva del obrar en general sin mayor determinación de su modo y manera. Por consiguiente, en la captación objetiva del mundo corpóreo el intelecto proporciona por sus propios medios todas las formas de este: espacio, tiempo y causalidad, y con estas también el concepto de la materia pensada en abstracto, carente de forma y cualidad, que en cuanto tal nunca se puede presentar en la experiencia. Pero luego el intelecto, por medio de esas formas y en ellas, percibe un contenido real (que siempre procede exclusivamente de la afección sensorial); es decir, algo independiente de sus propias formas cognoscitivas que no se manifiesta en el obrar en general sino en una determinada forma de acción; y entonces establece eso como cuerpo, esto es, como materia formada y específicamente determinada, que se presenta así como independiente de las formas intelectivas, esto es, como algo plenamente objetivo. Mas aquí hay que recordar que la materia empíricamente dada se manifiesta siempre exclusivamente a través de las fuerzas que en ellas se exteriorizan; como también que, a la inversa, ninguna fuerza es conocida más que como inherente a la materia: ambas juntas constituyen los cuerpos empíricamente reales. No obstante, todo lo empíricamente real mantiene la idealidad trascendental. Yo he demostrado que la cosa en sí misma que se presenta en tales cuerpos empíricamente dados, es decir, en todo fenómeno, es la voluntad. Si volvemos a tomar esa cosa en sí como punto de partida, entonces, según lo he expresado con frecuencia, la materia es para nosotros la simple visibilidad de la voluntad, no esta misma: por consiguiente, pertenece a la parte puramente formal de nuestra representación, no a la cosa en sí. En conformidad con ello hemos de pensarla como carente de forma y cualidad, absolutamente inerte y pasiva; pero solo podemos pensarla in abstracto: pues la sola materia, sin forma ni cualidad, nunca es dada empíricamente. Pero así como no hay más que una materia que, aun apareciendo bajo las más diversas formas y accidentes, es la misma, también la voluntad es el último término una y la misma en todos los fenómenos. Lo que desde el punto de vista objetivo es materia, desde el subjetivo es voluntad. — Todas las ciencias naturales tienen la inevitable desventaja de concebir la naturaleza exclusivamente desde el lado objetivo, sin preocuparse por el subjetivo. Mas en este se halla necesariamente la cuestión principal: esta incumbe a la filosofía.