Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 80

Ninguna ciencia impone a la masa tanto como la astronomía. Por consiguiente, también los astrónomos, que en su mayoría son simples mentes calculadoras y, como es usual en estas, de capacidades inferiores en lo demás, se ufanan de su «más sublime de todas las ciencias», etc. Ya Platón se burla de esas pretensiones de la astronomía y recuerda que lo sublime no significa precisamente lo que mira hacia arriba (De república 1. VII, p. 156, 57 ed. Bip.). — La veneración casi idólatra de que goza Neiuton, sobre todo en Inglaterra, sobrepasa toda fe. Aún hace poco el Times le llamaba the greatest of human beings (el más grande de los seres humanos); ¡y en otro artículo del mismo periódico se intenta alentarnos asegurándonos que, no obstante, no era más que un hombre! En el año 1815 (según informe del semanario Examiner reproducido en el Galignani de 11 de enero de 1853), un diente de Newton fue vendido por 730 libras esterlinas a un lord que lo hizo engastar en un anillo; lo cual recuerda el diente sagrado de Buda. Esa ridicula veneración del gran maestro del cálculo se debe a que la gente toma como medida de su mérito la magnitud de las masas cuyo movimiento ha reducido a sus leyes, y estas, a la fuerza natural que en él actúa (esto último, además, ni siquiera fue descubrimiento suyo sino de Robert Hooke; él se limitó a darle certeza mediante el cálculo). Pues en otro caso no se puede entender por qué se le tributa a él más honor que a cualquier otro que reduzca unos efectos dados a la manifestación de una determinada fuerza natural, ni por qué, por ejemplo, no se habría de tener a Lavoisier en tan alta estima. Por el contrario, la tarea de explicar determinados fenómenos a partir de la acción conjunta de diversas fuerzas naturales, o incluso de descubrir estas a partir de aquellos, es mucho más difícil que la que solo ha de tener en cuenta dos fuerzas, que además actúan tan simple y uniformemente como la gravitación y la inercia, dentro de un espacio sin obstáculos: y precisamente en esa incomparable simplicidad o pobreza de su materia se basan la certeza matemática, la seguridad y la exactitud de la astronomía, gracias a las cuales asombra al mundo, al poder incluso dar noticia de planetas no vistos aún; — esto último, por muy asombroso que resulte, considerado a la luz no es más que la misma operación que realiza el entendimiento cada vez que determina una causa no vista aún a partir de su efecto manifiesto, y fue realizada en un grado aún más asombroso por aquel enólogo que a partir de un vaso de vino sabía con seguridad que tenía que haber cuero en el tonel, lo cual se le negaba hasta que, después de vaciarlo, se encontró en su base una llave con una pequeña correa. La operación del entendimiento que tuvo lugar aquí y en el descubrimiento de Neptuno es la misma, y la diferencia estriba únicamente en la aplicación, es decir, en el objeto; difiere solo en la materia, no en la forma. — En cambio, el invento de Daguerre, si es que acaso no se ha de atribuir en gran medida al azar, como algunos afirman, por lo que Arago tuvo que idear después la teoría para él[160], es cien veces más ingenioso que el tan admirado descubrimiento de Leverrier. — Pero, como he dicho, el respeto del gentío se funda en la magnitud de las masas en cuestión y en las colosales distancias. — Sea dicho con ocasión de esto que algunos descubrimientos físicos y químicos pueden ser de incalculable valor y provecho para todo el género humano aunque haya hecho falta poco ingenio para realizarlos; tan poco, que a veces su función la cumple el azar por sí solo. Así que existe una gran diferencia entre el valor intelectual y el valor material de tales descubrimientos.


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