Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Los cuatro grandes planetas reciben muy poco calor del Sol; porque, según Humboldt, en Urano la iluminación es trescientas sesenta y ocho veces menor de la que recibe la Tierra. Por consiguiente, para la conservación de la vida en su superficie están remitidos totalmente a su calor interno, mientras que la Tierra lo está casi 138 por completo al externo, que procede del Sol; eso, si confiamos en los cálculos de Fourier, según los cuales el efecto del intenso calor del interior de la Tierra sobre la superficie es mÃnimo. Con las magnitudes de los cuatro grandes planetas, que exceden la de la Tierra de ochenta a mil trescientas veces respectivamente, el tiempo que se requiere para su enfriamiento es incalculablemente largo. Mas del enfriamiento de la Tierra, tan pequeña frente a ellos, no tenemos el menor indicio en el tiempo histórico, tal y como lo ha demostrado un ingenioso francés a partir del hecho de que la Luna no va más lenta en relación con la rotación de la Tierra que en los tiempos más remotos de los que tenemos noticia. En efecto, si la Tierra se hubiera enfriado tendrÃa que haberse contraÃdo en la misma medida, con lo que su rotación se habrÃa acelerado, mientras que el curso de la Luna permanecerÃa invariable. En consecuencia, parece sumamente adecuado que los grandes planetas sean los más alejados del Sol, los pequeños, en cambio, los más cercanos, y el más pequeño de todos, el más próximo. Pues estos perderán poco a poco su calor interno o al menos se revestirán de una costra tan gruesa que este no podrá llegar a la superficie[163]: por eso necesitan una fuente externa de calor. Los planetoides, en cuanto simples fragmentos de un planeta que ha estallado, son una anomalÃa totalmente casual, asà que no entran aquà en consideración. Mas ese accidente es en y por sà mismo un delicado caso antiteleológico. Queremos esperar que la catástrofe se haya producido antes de que el planeta haya estado habitado. No obstante, conocemos la falta de consideración de la naturaleza: yo no apuesto por nada. Mas el que esa hipótesis formulada por Olbers y absolutamente probable se vuelva ahora a cuestionar tiene quizá tantas razones teológicas como astronómicas.