Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 86

Para apreciar en su grandeza el valor del sistema de gravitación que Newton elevó a su perfección y certeza, hay que recordar en qué atolladero se encontraban desde milenios atrás los pensadores con respecto al origen del movimiento de los cuerpos del universo. Aristóteles pensaba que el mundo estaba compuesto de apretadas esferas transparentes, de las cuales la más exterior soportaba las estrellas fijas; las siguientes, un planeta cada una; y la última, la Luna; el núcleo de la máquina era la Tierra. La pregunta era qué fuerza hacía girar incesantemente ese organillo, y a ella no supo decir sino que en algún lugar tenía que existir un πρώτσν κινούν[171]; — una respuesta que fue después muy útil para interpretarlo en dirección al teísmo, cuando él no enseña ningún Dios creador sino más bien la eternidad del mundo, y simplemente propone una primera fuerza motora para su organillo. Pero incluso después de que Copérnico hubiera sustituido aquella fabulosa construcción de la máquina del mundo por una correcta, y también después de que Kepler hubiera descubierto las leyes de su movimiento, subsistió aún la antigua perplejidad acerca de la fuerza motora. Ya Aristóteles había antepuesto a las esferas individuales otros tantos dioses para dirigirlas. Los escolásticos habían transferido esa dirección a ciertas inteligencias[172], lo cual no es más que una palabra distinguida para los queridos ángeles, cada uno de los cuales transportaba su planeta. Más tarde, pensadores libres como Giordano Bruno y Vanini tampoco supieron hacer nada mejor que convertir los planetas mismos en una especie de seres vivos divinos[173]. Posteriormente vino Descartes, que siempre quería explicarlo todo mecánicamente pero no conoció más fuerza motriz que el choque. En consecuencia, supuso una materia invisible e imperceptible que rodeaba el Sol como una capa y empujaba los planetas hacia delante: el torbellino cartesiano. — ¡Qué pueril y burdo es todo eso y en qué alta estima se ha de tener, por tanto, el sistema de la gravitación, que ha demostrado irrefutablemente las causas motoras y las fuerzas que actúan en ellas, y además con tal seguridad y exactitud que hasta el menor desvío e irregularidad, aceleración o retardo en la órbita de un planeta o un satélite puede ser explicado por completo por su causa próxima y calculado con exactitud!


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