Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 100

La necesidad de la metamorfosis de los insectos me la explico del siguiente modo. La fuerza metafísica en la que se basa el fenómeno de tales animalillos es tan pequeña que no pueden ejecutar al mismo tiempo las diferentes funciones de la vida animal: por eso han de repartirlas para realizar sucesivamente lo que en los animales superiores se lleva a cabo de forma simultánea. Por consiguiente, la vida de los insectos se divide en dos mitades: en la primera, el estado de larva, se presenta exclusivamente como fuerza reproductiva, nutrición y plasticidad. Esta vida de la larva tiene como único fin inmediato la producción de la crisálida: mas esta, al ser totalmente líquida en su interior, puede ser considerada un segundo huevo del que en el futuro saldrá el imago[197]. Así pues, el único fin de la vida de las larvas es preparar los jugos de los que puede formarse el imago. En la segunda parte de la vida de los insectos, que está separada de la primera por aquel estado oviforme, la fuerza vital, metafísica en sí misma, se presenta en forma de una irritabilidad centuplicada —en el vuelo incesante—, de una sensibilidad muy elevada —en sentidos más perfectos y con frecuencia totalmente nuevos, así como en los asombrosos instintos e impulsos artesanos—, pero principalmente como función genital, que aparece ahora como el fin último de la vida: en cambio la nutrición ha disminuido mucho y a veces se ha llegado incluso a suprimir, con lo que la vida ha adquirido un carácter totalmente etéreo. Así pues, toda esa transformación y separación de las funciones vitales presenta en cierta medida dos animales que viven sucesivamente y cuyas formas sumamente distintas se corresponden con la diferencia de sus funciones. Lo que las une es el estado oviforme de la crisálida: preparar su contenido y su materia era el fin vital del primer animal, cuyas fuerzas, predominantemente plásticas, ahora, en ese estado de crisálida, realizan su último fin produciendo la segunda forma. —Así pues, la naturaleza o, más bien, el elemento metafísico en el que se basa, en esos animales realiza en dos intervalos lo que para ellos sería demasiado en uno: divide su trabajo. Por consiguiente, vemos que la metamorfosis más perfecta es aquella en la que la separación de las funciones se muestra de forma más clara, por ejemplo, en los lepidópteros. En efecto, muchas orugas devoran a diario el doble de su peso; en cambio, muchas mariposas, como también algunos otros insectos, en su estado acabado no comen nada: por ejemplo, la mariposa del gusano de seda, entre otras. Por el contrario, la metamorfosis es imperfecta en aquellos insectos en los que también en estado completo se da una intensa nutrición, por ejemplo, los grillos, los saltamontes, las chinches, etc.


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